Francia Márquez se ganó su derecho a ser candidata a la Vicepresidencia por el Pacto Histórico con la votación más alta que jamás haya sacado una mujer negra en este país y la tercera votación más alta en las consultas. A pesar de esta victoria, Gustavo Petro se demoró en anunciarla como su fórmula vicepresidencial. Y cuando lo hizo, el foco se lo llevó la declaración de César Gaviria de que no habría alianza liberal con el Pacto porque las palabras de Márquez le cayeron mal.
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Como dijo Márquez, es inexplicable que las noticias pongan los anuncios del expresidente de hace dos décadas por encima de la persona que hoy está haciendo historia. “Cuando las mujeres levantamos la voz se busca deslegitimarlas”, dijo Márquez.
Eso, ni en Estados Unidos, donde abunda la discriminación. Es como si cuando la actual vicepresidenta, Kamala Harris, fue nominada por su partido en las últimas elecciones primarias, también marcando un hito por ser mujer, india y afro, la noticia hubiera sido si Bush la apoyaría o no. (Allá no pasaría eso porque los expresidentes tienen la sensata costumbre de retirarse de la política cuando salen del poder).
¿Qué pudo haber ofendido al exmandatario? La abogada ambientalista dijo que Gaviria era más de lo mismo, que su política neoliberal había hecho daño y que la gente estaba cansada de corrupción y muerte. ¿Qué de esto puede ser “grosero”, “malintencionado” o “falso”, como calificó el liberal las declaraciones de la líder? Lo primero es una obviedad: Gaviria es más de lo mismo. Sobre la política neoliberal se puede estar de acuerdo o no, pero no es insolente ni malévolo. Y que hay que acabar con la corrupción y la muerte, lo han dicho todos los candidatos.
Francia Márquez plantea un debate válido, frentero y nada resentido ni agraviante, como sí lo hacen otros petristas. Culpar a Márquez para cortar con el Pacto es una excusa y, como suelen hacer los políticos colombianos, revienta la cuerda por el que creen es su punto más débil: una mujer afro de origen rural.
Pero está errado el expresidente, ella no lo es. Francia Márquez se ganó esos votos porque representa la vanguardia mundial sobre la igualdad de las mujeres, la no discriminación y el desarrollo ambientalmente sostenible. La votaron también porque defiende la paz.
Según la Cruz Roja Internacional, 2021 fue el año más violento del último quinquenio: hay seis enfrentamientos armados en el país y el Estado no solo no consiguió proteger a las víctimas de 884 violaciones al derecho internacional humanitario, sino que la propia fuerza pública es la autora de muchas de esas violaciones.
En vano da órdenes el jefe liberal a sus militantes sobre cómo votar. La gente libre tomará la decisión que quiera. Ni siquiera los votos supuestamente amarrados a la clientela tradicional de los congresistas son tan transferibles en este momento de quiebre político.
Durante las protestas pasadas nos gritaron desde la calle que a la Colombia aplastada, marginada y pobre le llegó hasta la coronilla la injusticia que han creado los políticos de siempre con sus decisiones. Muchos ciudadanos urbanos comparten ese hastío. Más de la mitad de los 785.000 votos de Márquez provinieron de Bogotá, Antioquia y Valle.
El tiempo de los expresidentes manipulando elecciones ya pasó. Hoy, un magma hierve debajo de nuestros vetustos tapetes institucionales y bustos marmóreos de los antepasados y sus clientelas. Quien pueda convencer a la gente de que es capaz de conducir este hervidero con mayor idoneidad hacia un cambio democrático de veras será quien gane la contienda.