La revolución digital tuvo su primavera y millones que antes no contaban pudieron alzar sus voces, pero, a la vez, políticos inescrupulosos aprendieron rápidamente a usar las redes digitales para mentir a escala industrial.
En cambio, las instituciones que antes confrontaban sus discursos y los verificaban se debilitaron y apenas alcanzan audiencias fragmentadas. El debate también sufrió porque la tecnología permite falsear consensos sobre qué es interés público, incluso llevando a la gente a defender intereses contrarios a los propios. Así, una mayoría creyó en Colombia que era diabólico que 13 mil guerrilleros se salieran de la guerra, y otra pensó en el Reino Unido que serían más ricos fuera de la Unión Europea. Las dos naciones pagan hoy los platos rotos de esas malas decisiones.
La nueva revolución tecnológica, la inteligencia artificial (IA), consiste en que las máquinas aprendieron a emular el lenguaje humano a la velocidad de la luz y procesar información como nunca. Los humanos le podemos delegar casi cualquier tarea.
ChatGPT, Claude, Gemini o Deep Seek sacan versiones que cada vez alucinan (inventan) menos y son más autónomos. Los modelos de gran lenguaje que sustentan a estos negocios requieren una escala gigante de procesamiento de datos que solo pueden alimentar las grandes lenguas mayoritarias del mundo, y por eso excluyen a la mayoría de los 7.000 idiomas que existen.
Este procesamiento masivo lo hacen ‘centros de datos’, unos conglomerados de computadores que ronronean día y noche hasta desesperar a los vecinos, y consumen agua y electricidad con la voracidad de un troglodita. Hyperion, por ejemplo, el centro de datos que construye Meta en Luisiana, consumirá siete veces la energía diaria que usa toda Nueva Orleans.
La IA podría ser una bendición: un apoyo para educar más analíticamente; una herramienta potente para investigar; una palanca para revivir una lengua agonizante; una máquina para acelerar el conocimiento científico y la cura de enfermedades y mucho más.
Sin embargo, lo que critica Karen Hao en su libro de El Imperio de IA “es la noción peligrosa de que los beneficios amplios de la IA sólo pueden derivarse –si es que alguna vez emergen– de una visión por la cual la tecnología requiere la total capitulación de nuestra privacidad, nuestra capacidad de agencia, nuestro valor, incluido el valor del arte y el trabajo, en favor de un proyecto de centralización imperialista”. Es decir, si desarrolláramos IAs contenidas para una comunidad, como hicieron los neozelandeses maoríes conTe Hiku Media para revitalizar su lengua; o para un hospital o una escuela, desarrollada para servirles, que pide permiso, no usurpa y no requiere mega-centros de datos, ni enriquece a un solo Sam, sería una belleza.
Por eso, sean escépticos cuando los políticos aviones, los mismos que transformaron la primera revolución digital en una avalancha de mentiras para su beneficio, ahora nos quieran meter el cuento de que la IA puede reemplazar al Estado. Aceptable sería desarrollar algoritmos inteligentes que mejoren la capacidad de control o la eficacia. Otra cosa es entregarle la DIAN, la salud o la educación a una empresa extranjera y darle acceso a información sensible para que la use como quiera. Eso es capitular nuestra privacidad a manos del Sam que se llevará una buena tajada de nuestros impuestos, simulando eficiencia. Y si la máquina se equivoca –como pasa a menudo– y acusa al que no es, vaya a quejarse a la nube. Seguro ese contratista no tendrá ni oficinas en Colombia.
No se obnubilen. Entregarle el Estado a una empresa de IA es otro espejismo de modernidad, detrás del cual está la vieja y consabida maña de repartirles negocios a los amigos.