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Todos los augurios de estos días sobre las próximas elecciones parecen coincidir en color: gris plomo, como de una tormenta que se viene.
Las críticas llueven, en particular, sobre los candidatos del centro y sus intentonas, hasta ahora fallidas, de armar una alianza temprana. Aún no han conseguido definir quién podría presentar mejor su discurso democrático, en defensa de los derechos y las libertades, pero también pragmático y técnico. Uno que nos muestre un camino cierto para salir de la desesperanza en la que andamos, legado de la pandemia y del mal gobierno saliente.
Encima el árbitro de la carrera, el registrador Alexánder Vega, cuyas credenciales no brindan confianza según lo recordó en estos días un excelente editorial de El Colombiano, anunció cándidamente que “el que no sienta que hay garantías o crea que le harán fraude no debería presentarse”.
El momento sí es peligroso para el futuro del país, porque la próxima es una elección determinante. Dependiendo del resultado, podemos seguir o no los malos pasos de los países vecinos, donde el populismo autoritario de los extremos dilapida el futuro de varias generaciones de latinoamericanos.
No obstante, lo leo de otra forma. Es de esperar que donde habiten las ideas más democráticas y liberales haya más desacuerdo. Las democracias son así, deliberativas y gritonas. Quizá sí, Sergio Fajardo y Alejandro Gaviria podrían bajarles a los egos dada la gravedad del momento. Pero más importante que sus escaramuzas es que cuando tuvieron poder han demostrado cómo se puede usar para construir sociedades más justas. Sus propuestas hablan de igualdad y derechos humanos, pero también de gobierno que cuida la paz y quiere mejorar la institucionalidad.
En ese espacio están también Humberto de la Calle e Íngrid Betancourt. Ninguno quiere ser candidato y eso es lo que mejor habla de ellos.
El primero fue uno de los artífices de una Constitución más democrática, la de 1991, y luego protagonista en el proceso que terminó medio siglo de conflicto armado. La segunda revela una sabiduría profunda cuando habla, de esas que solo despliegan quienes, habiendo sufrido grandes injusticias, no se consumen en la venganza y el odio sino que, guiados por una espiritualidad genuina, dicen verdades honestas.
Poner de acuerdo a esa calidad de colombianos grandes que no pretenden ser mesías, con ideas propias, es difícil, pero habla de qué clase de gobierno construirían. Uno colectivo, parecido a ellos, más democrático y donde la libertad de cada colombiano se respetaría y los dogmas no cabrían.
Las candidaturas de la izquierda —el Pacto Histórico— y la derecha —que ahora empiezan a llamar Coalición de la Libertad (que saldría del Centro Democrático y del Partido Conservador)—, en cambio, se perfilan más ordenadas, ejecutando un plan que no tendrá mayores contratiempos para escoger candidato. Les queda fácil. Las dos dependen de una sola persona. A Petro nadie le hace sombra en su interna y del lado derecho será Uribe, mermado pero aún el único auténtico líder que tienen, quien señale al candidato.
Colombia no necesita salvadores en este momento. Ni de esos políticos aislados por sus áulicos y defendidos por fanáticos, rodeados de misterio sobre cuáles serán sus verdaderas agendas si suben al poder. Esa misma forma en que llevan sus campañas ya nos debería poner a dudar sobre sus talantes democráticos.
Por eso es urgente que los candidatos del centro sigan deliberando, vayan y vengan, y le demuestren al país que cuando los demócratas encuentran un consenso pueden hacer gobiernos de cambio profundo pero confiables, sin caudillos improvisadores. Y eso lo agradecerán varias generaciones de colombianos. Ese es el tamaño del desafío de estos buenos colombianos.
