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15 Aug 2022 - 5:30 a. m.

Pagar los déficits para vivir sabroso

No es el gobierno Petro el que requiere una reforma tributaria estructural. Somos todos.

Les urge a los empresarios que tienen aquí su capital, a ganaderos que ponen a pastar a sus vacas en fincas colombianas subvaluadas y a comerciantes que hacen negocios en efectivo eludiendo impuestos. La necesitan los bancos, consentidos del sistema tributario. La precisan los profesionales, sea que presten sus valiosos servicios emitiendo o no factura, y los gerentes, ganen multimillones o sólo millones.

Les urge a los seis millones de personas cuyos ingresos no alcanzan para comer decentemente. Este año van 184 niños muertos por desnutrición. También la necesitan los hogares que hacen malabares todo el año para vivir.

¿Por qué ricos y pobres necesitamos reforma? Sin ella el Gobierno central recogería este año $75 billones menos de lo que gasta. La deuda crece y los acreedores dudan si podremos pagarla. Si no reestructuramos las finanzas públicas, tendremos que endeudarnos más en condiciones cada vez más onerosas o vender bienes. Vivir en un país con fama de mala paga devalúa las inversiones, desestabiliza la moneda, desbancariza la economía, empobrece el erario y sube la presión de emitir dinero para cubrir los gastos que demanda la sociedad. Eso termina en inflación que nos empobrece a todos, en especial a los más pobres.

Es como si dos de 10 familias en un edificio no pagan cuota de administración y las dos de los penthouses pagan la mitad. Llega un punto en que es la propiedad de todos la que sufre porque no hay con qué mantenerla bien. A ese punto llegó Colombia.

Entonces se requiere poner a todos los propietarios a pagar para bajar el riesgoso déficit proyectado de 5,6 % del PIB. Así recuperaremos la confianza internacional y el Estado tendrá mayor margen para cumplirles a los perjudicados del otro déficit, el social.

Es el déficit de los niños muertos prematuramente o creciendo condenados desde el principio porque no comieron bien. El de la desigualdad grosera, una de las peores del mundo, que alimenta el resentimiento, que empuja a los jóvenes pobres a tomar atajos y meterse en cualquier grupo criminal intentando evitar el destino de envejecer con salario mínimo. A esta democracia renga los criminales le sacan ventaja con facilidad.

El Gobierno asegura que con los recursos frescos de la reforma y el esfuerzo adicional de la DIAN para pescar a los evasores bajará los dos déficits: recaudará un 1,72 % del PIB adicional, sacará de la pobreza extrema a casi dos millones de personas y bajará la desigualdad de ingresos nueve veces.

Les pide a las personas naturales más ricas poner el hombro esta vez. Según la proyección oficial, aquellos que ganan más de $45 millones mensuales hoy pagan casi $7 millones y con la reforma pagarían $10 millones. Otros analistas aseguran que como la reforma restringe las deducciones y obliga a sumar todos los tipos de renta en una sola (por trabajo, capital, comercio, dividendos, ganancia ocasional) para calcular el impuesto final, le está exigiendo demasiado a la clase media alta.

Para poder discutir esta reforma y mejorarla, el Gobierno tiene que hacer la tarea perentoria de explicarla en detalle. Si solo abogados y lobistas la entienden, ellos le torcerán el pescuezo a su gusto.

Debemos garantizar que, en efecto, la reforma ponga a los más ricos —y sobre todo a los evasores— a contribuir más ahora, para que después ellos y todos salgamos ganando. Construiremos así una economía más estable donde se pueda prosperar y valorizar las inversiones, y una democracia más real, donde el crimen pierda terreno y ningún niño muera de hambre.

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