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Encandilados por el retroceso de Estados Unidos, en América Latina vamos debilitando logros de décadas en materia de democracia. Elecciones sigue habiendo, pero cada vez en más países son puro teatro.
La deliberación pública auténtica entre distintos ha venido siendo reemplazada por trinos de lunáticos y extremistas que cooptan la opinión mayoritaria. Por ánimo de lucro las empresas tecnológicas fallan al filtrar bots o bodegas a sueldo, aunque sean empujadas al frenético ritmo de la inteligencia artificial. Así se crean debates falsos, replicados por medios de prensa, produciendo reacciones políticas xenófobas o retrógradas de gobernantes obsesionados con su popularidad. Es un juego de espejos que arrastra a nuestros ciudadanos a las peores decisiones.
De ahí salió el odio y la persecución a los inmigrantes y otras políticas trumpistas, contra las que ahora marchan millones de estadounidenses, los de verdad. Sólo entre abril y mayo del año pasado, hubo en Estados Unidos 4.770 marchas pacíficas contra el presidente de ese país.
El valor mismo de los derechos humanos –la libertad de expresión, el debido proceso, a la integridad física, la vida– se deprecia. Quizás por temor a represalias, los líderes latinoamericanos callan ante la violación al derecho a la vida y a la justicia de 163 personas (y contando, porque no paran) voladas en mil pedazos por armas estadounidenses en medio del mar.
En El Salvador, muchos aplauden a los 85 mil presos en cárceles que son antros de corrupción donde las visitas de familiares se venden, se tortura y se desaparece. Lo peor, otros en la región quieren imitarlo poniendo como valor máximo el pisoteo a los derechos.
La libertad de expresión empeoró en 44 países, dice el reporte anual publicado este mes de Varieties of Democracy (V-Dem), un proyecto global dedicado a medir y a pensar la evolución democrática. En Argentina un streamer y tres periodistas fueron demandados por el presidente por hacer comentarios incómodos, mientras en Ecuador, el gobierno intenta ensuciar marchas pacíficas con terrorismo y congela cuentas de organizaciones civiles sin orden judicial.
En Perú y Paraguay, imitan a Maduro y a Ortega implantando leyes de “agente extranjero” con el objeto de doblegar a organizaciones y medios críticos.
En Colombia, donde la violencia criminal azota partes del territorio nacional y la corrupción abunda, la democracia cojea, pero todavía vibra.
Tantos años construyendo paz forjó una sociedad civil resiliente, y aunque ha sido perseguida, su índice de participación está por encima del promedio mundial, según V-Dem. A esos líderes sociales les debemos la libertad de todos.
Otro síntoma democrático en este país es que no está cantado de antemano quién ganará la próxima elección. Otro, que hay entidades serias, como la Defensoría del Pueblo, intentando hacer valer los derechos de la gente, sin importar si apoyan al gobierno o no. Otro más: tenemos aún espacios de deliberación real y periodismo diverso que le hace rendir cuentas a opositores y a gobiernistas.
Quienes conciben la democracia como un estadío perfecto al que se llega algún día dirán que en Colombia no estamos ni cerca. Pero la democracia es una lucha constante. El caso de Estados Unidos nos demuestra con creces que siempre está en riesgo.
En esta campaña electoral, con opciones tan opuestas, se elevan pasiones y nos perdemos en los agujeros por donde nos jala el entorno digital hacia la intolerancia y las conspiraciones. Protegemos con ahínco el derecho de copartidarios, pero nos queda difícil defender la libertad de expresión de quien piensa opuesto a nosotros. Por eso hay que estar alerta. En esos ánimos exacerbados se cocina el populismo autoritario. Es ahí donde se nos empieza a deshilachar la democracia.
