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Un perfil de Petro

María Teresa Ronderos

14 de marzo de 2022 - 12:10 a. m.

De todos los candidatos que competirán en esta campaña presidencial, Gustavo Petro es el único al que la gente común reconoce como su líder. Viene de abajo y ha guerreado por las causas de los pobres. Le favorece además la sensación de hastío con la dirigencia tradicional colombiana, que cierra con el régimen frívolo y destructor de paz de Iván Duque.

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Por eso es que resulta tan interesante el agudo perfil suyo investigado por Juanita León y Laura Ardila, publicado, entre varios otros, en el libro de La Silla Vacía titulado Los presidenciables (que recomiendo lo hagan público y gratuito). Revelan capas del carácter y el estilo de liderazgo de Petro, basadas en testimonios, datos y hechos concretos de su vida pública.

Desde que estudió Desarrollo y Medio Ambiente en Bélgica, cuando el Gobierno lo envió allí para protegerlo después de la paz con el M-19, Petro concibe el desarrollo sostenible como fundamental. Es ese, y no el socialismo, el eje de su propuesta actual. No es un acomodo de coyuntura, sino que viene desde que es figura pública, cuando proponía una agricultura de alimentos intensiva en lugar de monocultivos depredadores del ambiente.

También de ese ideal viene la idea de no renovar la exploración petrolera que tanta alarma causó, pues, siendo el petróleo la principal fuente de divisas del país, si se corta el chorro muy rápido nuestra economía deficitaria quedaría en ruinas.

Se entiende mejor la propuesta cuando se tiene en cuenta un segundo hallazgo de la investigación de La Silla: Petro embiste las cosas a la brava, aun si no conoce esas cosas y aprende a las malas después de causar daños innecesarios y, lo peor, sin haber cambiado mucho. Así pasó en la Alcaldía de Bogotá cuando quiso sacar a los contratistas de las basuras o cuando paró en seco la venta de agua en bloque de Bogotá a los municipios vecinos.

Documenta el perfil que el candidato está convencido de “que lo único importante es su sapiencia, que todo lo demás es irrelevante”, según les dijo a las autoras un exfuncionario de su alcaldía.

Yo considero que para que un gobierno suyo aporte realmente al problema del cambio climático —y, de paso, abandone nuestra peligrosa dependencia de la exportación de minerales fósiles—, Petro tendría que, desde ya, pelear menos, escuchar más y trazar un plan viable para ir dejando el petróleo, ampliar la agricultura sostenible y desestimular la ganadería depredadora de bosques.

No obstante, las múltiples entrevistas que hicieron las autoras con allegados, funcionarios, amigos y contradictores del candidato del Pacto Histórico revelan dos fracturas profundas de su carácter que alejarían este sueño si sube al poder. Una es que no sabe agradecerle a su gente, aun cuando se hayan jugado todo por él. Por eso le renunciaron decenas de funcionarios en su alcaldía; nadie puede gobernar sin equipos que se sienten reconocidos. La otra, es excesivamente paranoico y propenso a creer teorías conspirativas.

Teniendo grandes dotes para la Presidencia, el coraje, el auténtico liderazgo popular y el corazón en el lugar correcto (poner el Estado al servicio de las excluidos, como hizo en la Alcaldía con los recicladores o en el Senado con las víctimas), sus fallas geológicas de personalidad y estilo —emprender todo cambio como una guerra conflictiva, su falta de empatía personal y su desconfianza exagerada— podrían convertir su gobierno, si llegara a la Casa de Nariño, en una enorme frustración. Ojalá Petro se lea este perfil con atención. Quizá descubra que son sus propios demonios los que le han impedido enfrentar con mayor eficacia a los sectores poderosos que se niegan al urgente cambio.

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