La mejor noticia que ha producido el Gobierno Petro es el cese al fuego con el ELN en este agosto, no como fruto de una declaración alegre, sino de un acuerdo con el Comando Central de esta guerrilla, protocolos detallados y verificadores en terreno: la Misión de la ONU y el acompañamiento de la Iglesia católica.
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La Misión está en el proceso de desplegar 120 observadores en los puntos críticos de influencia de este grupo armado para verificar que se cumpla el compromiso de las partes, según dijo su director a este diario. La Iglesia acompañará a las comunidades a “hacer el puente y que la información fluya correctamente a la Misión de Verificación”, como explicó su delegado, monseñor Héctor Fabio Henao.
La esperanza es grande porque, si triunfa el proceso, sería esta la última guerrilla histórica, con un propósito político inicial, en integrarse a la vida civil. También, porque los dirigentes de este grupo han dejado pasar varias oportunidades de hacer la paz y esta vez han llegado más lejos en menor tiempo.
Voluntad, verificación y un plan con reglas de juego claras pueden llevar este último intento a buen puerto.
No obstante, la tormenta acecha y la navegación se augura azarosa. Primero, porque el ELN se quedó demasiados años en esta guerra barrosa, que lleva mezclado el narco con los crímenes de guerra, la deshumanización y la ilegalidad como forma de vida. Por eso mismo, aun si la cúpula tiene el temple esta vez para llegar hasta el final, su control sobre los diversos grupos, cada uno disputándose territorios y rentas en Arauca o Nariño, es frágil. Son jefes locales que se mandan a sí mismos, me dijo alguien cercano a ese proceso.
Después está la política. La oposición de derecha, a la que nunca le gustó ninguna paz, está haciendo sus cálculos para emerger como ave fénix en 2026 sobre las cenizas de un desprestigiado gobierno de izquierda. Eso hizo Bolsonaro en Brasil. Es difícil asegurar por eso si la denuncia de un complot contra el fiscal y otras figuras fraguado por elenos en Venezuela es parte de ese juego político o si el riesgo era real, porque la información es aún confusa.
También debilita la paz con el ELN tener tantos otros frentes de negociación abiertos y de diversa índole: los residuos farianos y sus nuevos reclutas del Estado Mayor Central y la Segunda Marquetalia, los paranarcos del Clan del Golfo, las Autodefensas de la Sierra Nevada, las bandas delincuenciales en Quibdó, Buenaventura y Medellín.
El Gobierno asegura que hay que convencer a todos de que se salgan del negocio de matar compatriotas y aplastar a los más humildes, porque solo si todos ponen ganamos la paz. La intención es hermosa, pero como dijo María Victoria Llorente, la directora de la Fundación Ideas para la Paz (FIP) a El País, sin que estén militarmente derrotados ni secos de ingresos, es difícil que negocien en serio su sometimiento. Explicó que se requiere una estrategia de seguridad territorial que acompañe el proceso de negociación, para que este sea sostenible y se perciba alivio humanitario en la regiones bajo su yugo.
El homicidio sí cayó, también los asesinatos a líderes sociales, pero la extorsión y el secuestro son alarmantes y las guerras entre grupos delincuenciales tienen a la población aterrada en varias regiones.
En otras palabras, si la gente afectada no empieza a sentir mayor libertad y tranquilidad por el cese al fuego con el ELN, el proceso de paz con puede sucumbir en el camino. Enfrenta demasiados obstáculos desde dentro y enemigos al acecho desde fuera.