Publicidad

Sirirí

¿A qué van?

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Mario Fernando Prado
04 de marzo de 2022 - 05:30 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Ya escribí sobre el tema, pero vuelvo e insisto: por estos días no cabe un candidato, candidote o candidazo más en Buenaventura. Allá llegan sofocados con el calor pegachento —así dicen cuando nadie los oye— del primer puerto sobre el Pacífico colombiano, el que más plata le deja al Estado y al que menos le retribuyen, injusta y malagradecidamente, de todos los puertos de este país.

Allá llegan con carita de Papá Noel cargados de promesas y mentiras, saludando con esas sonrisas impostadas a cuanto negrito ven y hasta los cargan para la foto y el video, pero luego se echan alcohol desinfectante.

No obstante, son recibidos por una delegación de lagartos lactantes del Estado, burócratas o contratistas que les tienen unas apretadas agendas con tres desayunos, dos almuerzos, visita a los medios y recorrido por las calles, para luego sacar pecho y decir que estuvieron empapándose de la problemática portuaria. Ofrecen el oro y el moro sin saber ni mu de lo que allí sucede, repitiendo como loras mojadas un libreto que medio ojean desde el confort de la silla trasera de cualquier Toyota blindada, eso sí, de la que se apean y, con paso de vencedores, saludan y abrazan descaradamente —y vuelven a echarse alcohol desinfectante—.

Pero, claro, hay que ir al bello puerto del mar —aunque ignoran por qué se le llama así— para enriquecer sus periplos conociendo los más incógnitos rincones de nuestra geografía.

Si pierden, les queda la satisfacción de haber estado en lo que llaman “la otra Colombia”. Si ganan, se olvidan de “¿cómo es que se llama ese moridero?”, pero, eso sí, deben darles o hacer que les renueven un contratico a quienes les hicieron el juego, aunque no es raro que les conejeen hasta los votos que compraron el día de las elecciones, incluyendo el tamal o el pedazo de lechona.

Menos mal que los porteños ya no creen en esos oportunistas de la política y les hacen el fo, a pesar de los ingentes esfuerzos de sus áulicos desesperados para que les oigan su casete y evitar que sean escupidos por el respetable.

Llevamos años, lustros y décadas con esta misma película que se repite cada cuatro años, en una pantomima que pareciera no tener fin. Mientras tanto, Buenaventura sigue padeciendo la desventura de que la expriman y ordeñen miserable e inmisericordemente.

Conoce más

 

HELBERT(40077)05 de marzo de 2022 - 09:55 p. m.
Las regiones culpan al gobierno central por no atender sus necesidades. Pero qué pasa con la dirigencia regional? No tienen alcaldes, gobernadores, líderes gremiales. Es hora de cuestionar y preguntar por los resultados de la descentralización. Si hay élites locales capaces de dirigir las regiones
Mario(16018)05 de marzo de 2022 - 12:47 a. m.
Da grima verlos con esa sonrisa burlona, estilo Santos. En verdad no conocen la vergüenza estos mequetrefes y mercaderes de las necesidades de ese pueblo.
juan(71263)04 de marzo de 2022 - 09:33 p. m.
Muy buena columna, pero, no habrá alguno que le sirve bien a Buenaventura?
Federico(73266)04 de marzo de 2022 - 02:19 p. m.
No entiendo que hace este señor en El Espectador
Julio(2346)04 de marzo de 2022 - 02:00 p. m.
El lungo Duque es tan inepto que se ha demorado casi cuatro años para hacer en Colombia lo mismo que hizo el huracán Iota en Providencia en solo dos horas. Y aunque Duque entregará a su sucesor un país convertido en otra isla Providencia, sus apologistas asalariados como Mafeprado se obstinan en presentarlo como otro Disneylandia. !Nos creen idiotas!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.