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Ya escribí sobre el tema, pero vuelvo e insisto: por estos días no cabe un candidato, candidote o candidazo más en Buenaventura. Allá llegan sofocados con el calor pegachento —así dicen cuando nadie los oye— del primer puerto sobre el Pacífico colombiano, el que más plata le deja al Estado y al que menos le retribuyen, injusta y malagradecidamente, de todos los puertos de este país.
Allá llegan con carita de Papá Noel cargados de promesas y mentiras, saludando con esas sonrisas impostadas a cuanto negrito ven y hasta los cargan para la foto y el video, pero luego se echan alcohol desinfectante.
No obstante, son recibidos por una delegación de lagartos lactantes del Estado, burócratas o contratistas que les tienen unas apretadas agendas con tres desayunos, dos almuerzos, visita a los medios y recorrido por las calles, para luego sacar pecho y decir que estuvieron empapándose de la problemática portuaria. Ofrecen el oro y el moro sin saber ni mu de lo que allí sucede, repitiendo como loras mojadas un libreto que medio ojean desde el confort de la silla trasera de cualquier Toyota blindada, eso sí, de la que se apean y, con paso de vencedores, saludan y abrazan descaradamente —y vuelven a echarse alcohol desinfectante—.
Pero, claro, hay que ir al bello puerto del mar —aunque ignoran por qué se le llama así— para enriquecer sus periplos conociendo los más incógnitos rincones de nuestra geografía.
Si pierden, les queda la satisfacción de haber estado en lo que llaman “la otra Colombia”. Si ganan, se olvidan de “¿cómo es que se llama ese moridero?”, pero, eso sí, deben darles o hacer que les renueven un contratico a quienes les hicieron el juego, aunque no es raro que les conejeen hasta los votos que compraron el día de las elecciones, incluyendo el tamal o el pedazo de lechona.
Menos mal que los porteños ya no creen en esos oportunistas de la política y les hacen el fo, a pesar de los ingentes esfuerzos de sus áulicos desesperados para que les oigan su casete y evitar que sean escupidos por el respetable.
Llevamos años, lustros y décadas con esta misma película que se repite cada cuatro años, en una pantomima que pareciera no tener fin. Mientras tanto, Buenaventura sigue padeciendo la desventura de que la expriman y ordeñen miserable e inmisericordemente.
