Los caleños debemos agradecer la solidaridad que han tenido con nosotros los medios de comunicación. Aunque tarde, se dieron cuenta de lo que aquí estaba sucediendo y desplazaron reporteros, fotógrafos y camarógrafos para cubrir los desmanes que prácticamente paralizaron esta ciudad de 2,5 millones de habitantes.
Los estragos causados no por los marchantes y manifestantes sino por los delincuentes que se infiltraron en las marchas y en los ilegales bloqueos —ya conjurados— dejaron un deplorable panorama de tierra arrasada, a tal punto que el propio presidente Duque tomó cartas en el asunto y personalmente dirigió con su equipo más cercano de ministros y asesores la recuperación de la que seguirá siendo la “capital de la alegría” y ese “sueño atravesado por un río”, como la definiera el poeta Carranza.
Además, surgieron varios “caliólogos”, unos con mejores intenciones que otros, quienes han dado sus opiniones en torno al porqué de esta explosión social que destrozó el sistema de transporte masivo MIO, sedes bancarias, oficinas de la DIAN y del catastro municipal, centenares de negocios —cuyos propietarios quedaron en la calle y a quienes nadie les va a reponer, en lo que les queda de vida, el esfuerzo de muchísimos años de trabajo y sacrificios— y, lo más importante, que acabó con muchas vidas inocentes.
Hay que decir que entre esos “caliólogos” algunos en su vida han probado un champús, un pandebono o un chontaduro, porque nunca han venido por estos lares o tan solo han estado de paso en una ciudad que para entenderla hay que conocer cómo siente y transpira. Eso ha ocasionado que se opine de lo que no se sabe, práctica muy usual en nuestro medio.
O, peor, que politiqueros en busca de celebridad hayan aterrizado, cual gallinazos, a tomarse fotos con los damnificados, espetando insulsas declaraciones y proponiendo estupideces francamente repudiables y salidas de todo contexto.
Ello ha producido en el imaginario una visión totalmente distorsionada de lo que se ha hecho y se sigue haciendo para recobrar el rumbo de la también llamada “capital de la rumba”, que hoy es considerada un infierno al que no hay que asomarse “ni por las curvas”, siendo que la verdad es otra.
Ni Cali es un infierno —ni siquiera un purgatorio—, ni está en cuidados intensivos, próxima a recibir los santos óleos, y menos ad portas de una inminente y cristiana sepultura. Por el contrario, la ciudad está recuperando su ritmo y, pese a los avances del COVID-19 que está haciendo estragos en todas partes, se advierte una dinámica creciente y un contagioso optimismo. Sus habitantes están viendo cómo se han levantado las barricadas y cómo la Fuerza Pública ha tomado el control de las vías, sumando a ello la intervención de la empresa privada, que se la está jugando con una estrategia social y económica sin antecedentes en esta todavía tercera ciudad de Colombia.