*Invitamos a nuestros columnistas a contarnos de las ideas que defendieron y que, ahora, perciben de manera diferente. Esta columna es parte del especial #CambiéDeOpinión.
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Hasta antes de la pandemia me expresaba escribiendo o hablando. Lo hacía en las columnas semanales de El Espectador y El País, en el programa de televisión de Mario Fernando Piano y en el programa radial Oye Cali.
Pero una noche en que oí que los vecinos aplaudían a los médicos a determinada hora desde los balcones de sus apartamentos se me ocurrió tocar una canción, y ¡oh sorpresa!, también me aplaudieron. Lo hice por varios días seguidos con el mismo resultado y no sé por qué comencé a compartir estas melodías con mis conocidos en Whatsapp, Instagram y Facebook.
Creé una página especial, al igual que unas listas de difusión, hasta completar cerca de 20.000 destinatarios, y con el tiempo opté por llevar el piano a distintos escenarios -el zoológico, el cementerio, la Base Aérea, la Universidad del Valle, el Teatro Municipal, el Centro Histórico, el Museo La Tertulia, los lugares turísticos, los hospitales y las clínicas, los centros comerciales, a la Cali bulliciosa, la deportiva, la salsera, a los cerros tutelares, los corregimientos circunvecinos y hasta a Popayán fui a dar con mi pianoneta.
Llevo más de 1.250 días enviando a la madrugada una canción de manera ininterrumpida durante el mismo número de días, repitiendo tan solo y a la fecha unas 100 melodías que pergeño sin partitura alguna y a punta de memoria, en busca ojalá de un Guinness Récord que cuesta un potosí y que no tendrá valor alguno, lejos de figurar -si es que corono- en un pequeñito espacio que pasará sin pena ni gloria.
Todo lo anterior me cambió mi forma de comunicarme con la gente: comparto pasillos, bambucos, boleros, tangos, baladas, rancheras, canciones españolas, francesas, italianas, griegas, alemanas, vienesas, rusas y hasta japonesas y hawaianas, algo de ópera y zarzuelas, y ni para qué sigo.
La respuesta ha sido abrumadora y me escriben -modestia aparte- de los lugares más lejanos, con mensajes cargados de nostalgias y de alegrías, y la verdad, ello me llena tanto de satisfacción que ahora me está gustando mucho más esta nueva manera de interrelación musical, que creo resume lo que me dicen escribió Shakespeare: “Cuando se acaban las palabras, nace la música”. ¿Será que sí?