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Asegura el gobierno del cambio que no se irá del corregimiento de El Plateado hasta tanto no se arregle la situación de orden público y lo que deberá hacerse para que esta región, huérfana desde hace siglos de una presencia efectiva del Estado, no siga en las mismas, y hasta peor, y me explico:
Bien que mal, sus pobladores viven de los cultivos de coca que abarcan cientos de hectáreas circunvecinas. O la siembran, o la abonan, o la cosechan, o la alistan para que se procese, o la llevan, o la embalan, o, incluso, le dan los primeros pasos para convertirla en un negocio alta e infinitamente rentable.
Una vez erradicados y/o arrasados esos cultivos ¿de qué van a vivir esas familias coca-dependientes? ¿Les lloverá maná del cielo? ¿Extrañarán a sus antiguos patronos?
Estos y otros interrogantes deben obligar a que se realicen una serie de acciones que superen con creces la esclavitud a la que han estado condenados, no solo ofreciéndoles alternativas laborales inmediatas, sino también dotándoles de puestos de salud, escuelas, facilidades de vivienda y recreación, sobre todo para los infantes que hoy son mensajeros, cargadores de combustible y hasta objetos sexuales y mil cosas más.
Es, pues, una tarea a largo plazo, porque una paz a las malas con una política de tierra arrasada generará más violencia. Más temprano que tarde, “volverán las oscuras golondrinas” y ahí sí no creerán más en los oportunistas promeseros que fueron hasta esas latitudes, ofrecieron esta vida y la otra, se tomaron la foto y nunca volvieron.
Y es que esto no se arregla solo con balas. Repito, se necesita, además, una justicia social que irrigue a unos compatriotas que podrían morir entre dos fuegos porque el Valle del Micay tiene una importancia capital. Perderlo, para la narcoguerrilla, será un golpe tal que puede llevar a estos delincuentes a tomar represalias suicidas contra la misma población civil que ha sido su aliada y hoy no sabe para dónde pegar…
