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PAÍS AMNÉSICO, MALAGRADECIDO, mediático y oportunista. Ese es el colofón de toda esta andanada contra quien antes fue un salvador y hoy es un delincuente.
Colombia no aprende las lecciones de la historia ni retiene en la retina los episodios de ese ayer oprobioso y criminal. De esa inocultable postración a que nos sometieron por décadas. De ese atraso y olvido en regiones en las que jamás había hecho presencia la patria, llámese autoridad civil o Ejército nacional.
Todos quisieran que se borrara del imaginario y sin él a quienes lo desbarataron para darle paso a lo que hoy estamos viviendo. No puede haber prosperidad sin seguridad y no podía existir Santos sin Uribe. ¿A qué entonces ese afán por separar y por enfrentar a estos complementos el uno del otro?
Cuando se dice que la gratitud es la memoria del corazón no se está repitiendo una frase del romancero cursilón. Se está testimoniando un sentimiento que no lo pueden arrebatar los que ahora fungen de analistas y politólogos con la única impronta de rebuscar malintencionadamente la manera de hacer caer del pedestal en el que lo colocó la historia y echarlo en las alcantarilla de las venganzas y las porfías.
Habrá —ya lo verán— un efecto bumerán. Se les devolverá la pelota a los contradictores del pasado gobierno, hoy acomodándose en las marañas de la burocracia.
Menos mal que Juan Pueblo no traga entero y no les va a hacer el juego a los zancadilleros de Uribe, quien lejos de dedicarse a vestir santos o al parasitismo que practican tantos ex cualquier cosa de este país, tiene los arrestos del caballo brioso y les sale al quite no sólo para defender a su patria y aportar como un ciudadano más, sino también para que Colombia no olvide lo que fue antes frente a lo que ahora es.
