Siempre admiré a nuestra medallista olímpica María Isabel Urrutia, sin duda la mayor gloria deportiva de este país no solo por sus logros reconocidos mundialmente sino también por el duro camino que le tocó trasegar para salir adelante y, ya en la cúspide, porque inicialmente su fama y su éxito no se le subieron a la cabeza.
Me gustó también su incursión en la política, con todos los riesgos que ello significa, aunque no mucho su honroso y muy delicado nombramiento como ministra del Deporte, habida cuenta de la complejidad de este cargo y su poca experiencia en el manejo de la cosa pública. Pero así y todo le aposté al buen logro...
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