Jamundí es uno de los municipios más grandes del Valle del Cauca y el más cercano a Cali. En los últimos años ha tenido un crecimiento impresionante en lo que respecta a la construcción. Las viviendas multifamiliares la han convertido en una ciudad dormitorio y docenas de condominios con casas de recreo han hecho además que crezca un próspero comercio que a duras penas da abasto con la demanda de supermercados, almacenes de construcción y comercios.
Desde hace muchos años he venido insistiendo en que Jamundí ha heredado lo malo de su cercanía con el hoy perdido norte del Cauca y pocas bolas le han parado a esta situación. Eso se refleja en el aumento de hectáreas de coca en sus cerros tutelares, visible además por la presencia ostentosa y desafiante de extraños personajes provenientes hasta de los carteles mexicanos.
Los últimos alcaldes han hecho esfuerzos solitarios por contener la violencia guerrillero-traqueta sin mayor ayuda del Estado. Es más, nada que se hace realidad un necesario batallón de alta montaña y menos con este Gobierno, que no le ha puesto mayor interés.
Los últimos atentados cobardemente perpetrados tienen a los lugareños paniqueados y hay ya un frenón en seco en la venta de vivienda, gran generadora de empleo en ese municipio, otrora famoso por sus ríos y los emblemáticos cholados.
Los clamores de la alcaldesa y la gobernadora no han sido escuchados. Ni la policía ni el ejército son capaces de repeler esta situación y lo que hay es un teléfono roto y promesas faraónicas e incumplibles a largo plazo. Mientras tanto, sigue la caucanización de Jamundí, sus corregimientos y veredas circunvecinas.
Según comentan los de la inteligencia militar —maniatada, entre otras cosas—, esto es solo el comienzo y el objetivo es Cali, ubicada “a pepa y cuarta” de allí, así me digan que esto es hacer mala prensa y que incluso la ropa sucia se lava en casa o en el bellísimo y cristalino río Claro.