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PERDIDO EN LOS VERICUETOS DE la geografía nacional, olvidado por gobiernos, inexistente en los mapas, este corregimiento del municipio de Balboa, Cauca, acaba de dar una lección de patriotismo, dignidad y berraquera.
En Olaya no hay más de 150 casas y no menos de 600 mil habitantes en su mayoría de raza negra. Estos compatriotas que viven aislados del mundo subsisten gracias a pequeñas parcelas y una que otra vaquita.
Su capacidad laboral no llega a 150 personas. Sobra decir que está a 600 metros del nivel del mar y está enclavada en el bello, fértil y exuberante valle del río Patía.
Pues bien: El pasado 8 de diciembre, 12 guerrilleros que dicen ser de Los Rastrojos, irrumpieron en la finca de Diego Suso Ayerbe con intención de secuestrarlo.
Suso es un mediano agricultor y hombre de campo que, además de arroz, siembra maracuyá y ahora está encarretado con la naranja tangelo. Para tal efecto es de los pocos que en esos lares genera empleo y su finca, pegada a Olaya, da trabajo a 55 personas, es decir a una tercera parte de la oferta laboral del corregimiento.
El ataque de la guerrilla fue repelido por su conductor que se enfrentó a los bandidos. La balacera alertó a la comunidad que no tardó en hacerse presente y armada de palos y machetes le salió al quite a la guerrilla increpándole por su proceder y gritándole en la cara que se fuera y que desistiera del absurdo de llevarse a quien les estaba dando trabajo y tenía —tiene— otros proyectos en el sector.
Ofir, una morocha de armas —palos— tomar, encabezó la protesta en medio de las balas y logró, en unión de las otras 100 personas que se hicieron presentes, que los delincuentes salieran corriendo con el rabo entre las piernas desistiendo de su empeño. Desafortunadamente se llevaron al conductor que aún no ha aparecido.
El ejemplo de los habitantes de Olaya es el mejor mensaje de Navidad que este Sirirí puede compartir con ustedes.
