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A pesar de vivir –por afición– en el mundo de los boleros con ciertos devaneos con los tangos, baladas y rancheras, no tenía en mi radar a ese fenómeno que en vida se llamó Yeison Jiménez y que es hoy un ídolo nacional al que siguen llorándole cientos de miles de seguidores y fanáticos.
Su bimotor, en el que se transportaba por toda la geografía de nuestro país, no pudo despegar como Dios manda y se vino a pique instantes después de medio decolar.
¿Cómo así que un cantante de música popular con avión propio?, se preguntaron muchos. Y no solo con avión, sino también con inversiones y negocios altamente rentables y, hasta donde se conoce, lícitos.
Pero como estábamos acostumbrados a que los músicos eran unos desplatados que no tenían en qué caerse muertos, desorganizados, bebedores, drogos y despilfarradores, no teníamos en el radar a una nueva élite de artistas que llenan estadios, dan conciertos aquí y allá, los contratan en el exterior y son, incluso, sus propios empresarios. Esto ha dejado boquiabiertos a banqueros y financieros.
Yo recuerdo que mi pasión por el piano, alternada con mis estudios de Derecho, me llevó a tocar en hoteles y clubes. Eso provocó que mi padre, eminente jurisconsulto de la Universidad del Cauca, me adjudicara el deshonroso calificativo de “charanguero de bares y cantinas” porque además, y para mucho honor, me volví mompa de los serenateros.
Y sí, en otras épocas no era “bien visto” que uno le jalara a lo que llamaban una candidatura fija al alcoholismo y a la pequeña bohemia.
Más de medio siglo después y gracias a los medios de comunicación y a los avances tecnológicos y electrónicos, la música se ha convertido en una actividad no solo grata sino muy rentable. Estas nuevas figuras como Yeison así lo demuestran y son un ejemplo a seguir.
