Algo muy extraño sucede con la aprobación del necesario e inaplazable dragado del canal de acceso a Buenaventura, principal puerto de Colombia sobre el Pacífico.
Ese algo no es otra cosa diferente a que hay gato encerrado. Es inaudito que una obra absolutamente prioritaria para la competitividad del puerto tenga tantas trabas y se juegue con el “Songo le dio a Borondongo” para pasarse la pelota. Si no se realiza, Buenaventura se convertirá en un puertico de quinta que recibirá pequeños barcos, porque los pospanamax no podrán ni acercarse a nuestras costas y optarán por irse a Ecuador, pues allá hay un puerto con la suficiente profundidad listo para recibir el tonelaje de estos buques que son los que mandan la parada.
Si este dragado es indispensable y tiene toda la justificación del mundo, si están de acuerdo las autoridades portuarias, si el Gobierno dice que sí hay que hacerlo, ¿por qué entonces esta mamadera de gallo?
Llevamos años en esta lucha y, como el tiempo pasa, ya nos quedamos atrás. Buenaventura carga una vergonzosa cruz que no le permite ser tenida en cuenta.
Lo vimos con el pomposo Plan Nacional de Desarrollo, en el que el dragado no estaba incluido entre los imprescindibles de nuestro litoral Pacífico. Entiendo que a regañadientes y por las malas finalmente como que se incluyó. Pero si no hay voluntad política no hay nada que hacer.
¿Será que hay interés de revivir el otro puerto por los lados del Chocó? ¿Será que quieren dejar los puertos del Atlántico como única alternativa para los barcos de gran calado?
Alguien tiene que dar la cara y responder para evitar que de nuevo —mediante un paro, un bloqueo o qué sé yo— se haga una justa protesta. No hay derecho a que Buenaventura reciba este trato que no corresponde a los ingresos que recibe el Estado, que serían mucho mayores con la ansiada profundización.