La Feria de Tuluá es un evento de talla nacional que congrega a miles de personas y ofrece una programación artística de alto nivel. Durante cinco días los asistentes colman el coliseo construido para todo tipo de exposiciones vacunas, equinas y otras especies animales.
Uno de los eventos más concurridos es la famosa cabalgata en la que se pueden apreciar bellísimos corceles de precios estrafalarios, montados muchos de ellos por despampanantes amazonas quitarrespiración y otros jinetes de no muy santa reputación que digamos, aunque también desfilan caballistas de cinco en conducta y hasta familias de Biblia y rosario.
Esa variopinta participación ha ido conformando una congregación no exenta de las violencias y los excesos propios del consumo de licor y alucinógenos, en donde quien paga el pato es el pobre caballo, que es maltratado miserablemente.
A su turno, el público, poseso de una irracional histeria colectiva, agrede a los jamelgos, echa harina, espumas de aerosol, pólvora y se forma un despelote vergonzoso con heridos y muertos, incluso algunos son pobres caballos.
Pese a ello, sigue programada la tristemente célebre cabalgata, esta vez con un ingrediente adicional: el excéntrico exfutbolista Faustino Asprilla quiere que sea la cabalgata con mayor participación de caballos del mundo, a fin de obtener un codiciado Récord Guinness.
Esto ha causado natural y justificado revuelo y la condena de los animalistas. Opinan que sería la tapa de la olla en cuestión de maltrato a estos cuadrúpedos que terminarían pagando los platos rotos, habida cuenta de la magnitud del evento y la imposibilidad del debido control.
Ante esta situación, los organizadores le han salido al quite y expresaron que se tomarán toda suerte de medidas para evitar que ello suceda. Mientras tanto, el Tino se soba las manos, reencaucha su popularidad, se embolsilla unos buenos millones y colorín colorado, que este cuento se ha acabado.