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Uno quisiera hablar bien de las cosas que lleva en sus afectos, pero a veces es imposible acallar lo que no está bien; Buenaventura, por ejemplo. Porque ese “bello puerto del mar” no soporta más la corrupción que la tiene sumida en un cataclismo moral del que difícilmente podrá sobreponerse.
Y en esta oportunidad, un nuevo escándalo la sacude hasta la médula: me refiero al informe publicado por la corresponsal de El Tiempo de ese municipio el pasado miércoles según el cual la ciudad puerto tiene 66 obras inconclusas y más de 101 contratos bajo la lupa de la Contraloría del Valle del Cauca.
Los bien llamados elefantes blancos, o sea, obras que están abandonadas, como es el caso del estadio Marino Klinger, al que se le han “invertido” 20 mil millones y tan solo se ha avanzado en la compra del terreno y una maquinaria que está oxidada bajo el sol y la lluvia. Cuatro alcalduchos, más un puñado de cómplices, fueron encarcelados hasta el año 2018.
Otra perla: los “estudiantes fantasmas”. 111.156 alumnos fueron reportados donde en realidad habrían sido solo 70.998, ocasionándose un detrimento patrimonial de 61.137 millones.
Y para qué sigo con el prontuario de los burgomaestres Ocoró, Quiñones, Valencia y Arboleda, todos ellos cuestionados e investigados en un carrusel que no tiene fin, por malos manejos por valor de más de ciento y pico mil millones.
Sin embargo, todo se queda en los despachos judiciales engavetados, durmiendo el sueño de los justos, a la espera de sentencias que nunca llegarán o prescripciones o por vulgares vencimientos de términos y, atérrense, indemnizados con jugosas cantidades de dinero; como quien dice, “tras ladrones, baladrones”.
¿Cómo puede progresar un puerto corrompido en sus dirigencias políticas en el que cualquier peso que se invierta de seguro va a parar en el bolsillo de los contratistas o los intermediarios?