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Aquí en el Valle del Cauca andan de fiesta porque la carretera Mulaló-Buenaventura se empezará a construir el año que empieza. Declaraciones van, declaraciones vienen: muchos editoriales, videos y publirreportajes de autoridades regionales sacando pecho dan por hecho este proyecto, que va para 20 años de ser una urgente necesidad del país entero.
Cuando no son las licencias ambientales que han obligado a toda suerte de modificaciones, son las comunidades atravesadas como mulas muertas y los ambientalistas dando manivela, amén de otros intereses que le ponen precio a su condescendencia o a su silencio.
Llevamos años y años sin que haya luz verde y todo se va en promesas, como siempre. Ahora hay otra pata que le nace al cojo: se deben modificar los costos de la obra porque se firmó un contrato por un valor y este, como es natural, se ha incrementado, lo cual es otra piedra en el zapato. Y en esas estamos, porque, con toda la razón, hasta que se aclare lo anterior no se va a mover una pizca de tierra.
No veo entonces el motivo de que se cante victoria por el inicio de esta obra, que no solo significará una reducción de casi una hora en el trayecto, sino además un ahorro de combustible, mayor seguridad y una necesaria descongestión de un buen tramo de la vía.
Sospecho, sin embargo, que una vez se supere lo de los dineros de nuevo volverán a jugar —y bien sucio— los enemigos del proyecto, que no se sabe con qué argumentos van a salir para de nuevo enredar y paralizar su construcción.
Me dirán que este no es un tema grato para un 30 de diciembre y que seamos optimistas y positivos, pero me desesperan esos vitrinazos engañosos con que nos tienen tramados mentirosamente.
No obstante lo anterior, deseo un próspero año y un venturoso 2023.
