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LLEVO CASI 40 AÑOS TRAJINANDO en el mundo de la publicidad y estas cuatro décadas me dan un poquito de autoridad para comentar y criticar —de manera constructiva— a quienes en un desespero por promover o vender los productos que les encomiendan han caído ahora en la más burda intromisión.
Antes fueron los niños a quienes se explotó de manera por demás mercantilista. Después —o a la par— a las mujeres con poca ropa, creando de paso un estereotipo que hartos dolores de cabeza le han producido a la humanidad, desde la anorexia y la bulimia hasta las cirugías en exceso, pasando por la mujer-objeto y las costosísimas chupetas de traquetos, lavaperros y no pocos capos de capos.
Menos mal que ya se medio racionalizó esta tendencia, cuyo uso se convirtió en bumerán: se reconocía a la modelo, pero se ignoraba el producto que publicitaba.
Sin embargo, lo de ahora —la intromisión a la brava— es desesperante. En medio de las noticias que queremos ver u oír e incluso leer, nos clavan una propaganda. Nos engañan diciéndonos que se acabaron los comerciales y no. Nos embuten gacetillas como noticias. Nos agreden con falsas carátulas como si se tratara de noticias de primera página.
Y ni hablar del internet. Me acabo de meter a un periódico y me salta una mano que me agrede y me arremete con no sé qué mensaje.
¿Qué es esto? ¿Acaso los usuarios de los medios no merecemos consideración y que se respeten los espacios asignados para cada tema?
Creo que de nuevo algunos colegas se están equivocando con esta agresión y si bien obtienen el impacto esperado, se trata de algo mediático e inoportuno que a la postre generará no sólo rechazo sino, y lo peor, olvido.
Ah, y los medios que tienen las exóticas figuras del defensor del oyente o del televidente o del lector, que éstos se pongan del lado que es y no se dejen presionar por el Dios pauta, padre supuesto del Dios rating .
