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Este crudo invierno ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de muchas de nuestras carreteras que se desfondan unas y se les viene encima la montaña a otras. Y lo curioso es que ello sucede más en las obras recientes que en aquellas que llevan años y años soportando las inclemencias de nuestros climas tropicales.
¿Cómo, quiénes y con qué hicieron aquellas carreteras a las que nunca les pasa nada? ¿Es que acaso los terrenos eran más sólidos y/o hacer carreteras era más fácil? ¿Los ingenieros de entonces eran mejores, más serios, responsables y estudiosos? ¿Acaso los materiales de antes resultaban más duraderos?
Hay que reconocer que a varias carreteras de esas que hacen en par patadas el pavimento les dura poco, son más permeables, no les construyen bermas, los desagües son insuficientes, se rajan y resquebrajan, y al poco tiempo hay que echarles más asfalto y concreto.
Y qué decir de los estudios previos para analizar la posibilidad de derrumbes, que no se hacen con el rigor que exige semejante responsabilidad. Pareciera que quien manda es el dios dinero y para ganarse las licitaciones, cuando no se otorgan a dedo, el serrucho que hay que dar es demasiado alto y, como decía el poeta, toca “sacrificar un mundo para pulir un verso”.
Sucede que ahora las interventorías resultan socias de las empresas constructoras en un oscuro contubernio de complicidad que hace que se hagan los de la vista gorda y por allí comienzan los problemas.
Pero también el Estado, que es el mayor contratista, peca por omisión y los funcionarios encargados de las revisiones y de que se cumplan los pliegos contratados pasan de agache porque también reciben su tajada.
Es urgente que se revisen los casos de derrumbes y agrietamientos que se han presentado, de los que se sabía que algo podría suceder y jamás dijeron esta boca es mía. Es que la corrupción no tiene límites, y ahí está la prueba de ello.
