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El avistamiento de ballenas está en furor. Miles de cetáceos vienen a nuestra costa Pacífica a encargar sus bebés, provenientes de los más remotos lugares. Sus eventuales salidas a la superficie son un espectáculo imponente, maravilloso e inolvidable.
Los lancheros expertos en el tema llevan sus embarcaciones y, guiados por la experiencia y el instinto, logran acercarse al lugar donde presumen se van a dar las apariciones, sin que hasta el momento se hayan presentado volcamientos ni chapuzones. ¿Que cómo lo hacen? Averígüelo, Vargas.
El avistamiento de ballenas atrae a turistas de muchas partes del mundo que arriban a Buenaventura sin importar la situación de orden público. Van a lo que van y sus salidas fuera de los hoteles en los que se confinan son cada vez más restringidas, dejando con los crespos hechos a los restaurantes y a los vendedores de cachivaches y artesanías que se apostan en las salidas para ofrecer sus mercancías.
Así son las paradojas de la vida: mientras que por un lado el bello puerto del mar entierra diariamente a seres humanos en medio de un caos anárquico y una violencia incontrolable, por el otro acuden miles de avistadores de ballenas a presenciar un espectáculo único en el mundo, a quienes a Dios gracias nada les ha sucedido y ojalá nada les sucederá.
No obstante la buena estrella que ha acompañado esta actividad, hacen falta medidas y acciones para organizar mejor los tours y brindarles a los observadores plenas garantías en su fugaz paso por la isla de Cascajal.
La actividad turística de nuestro océano Pacífico está en pañales, porque todo lo que tenga que ver con la ecología, con el verde y con el respeto y la preservación de nuestros recursos naturales es una moda —para decirlo de alguna manera— con miles de adeptos y seguidores que buscan en lo exótico una forma diferente de viajar y conocer los secretos de la naturaleza.
