Más de 90 días lleva Buenaventura sin un solo homicidio, lo cual es verdaderamente insólito. Estamos hablando de una de las ciudades más violentas de América y quizá del mundo, azotada por las bandas delincuenciales, que se han venido matando por años por culpa del narcotráfico y sus derivaciones criminales.
¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Acaso se militarizó totalmente? ¿Surtieron efecto la mano dura, los toques de queda, la férrea autoridad?
Pues ni lo uno ni lo otro. Simplemente el obispo de la Diócesis, monseñor Rubén Darío Jaramillo, convenció a las bandas que operan en el territorio para que hicieran una tregua. Esta iniciativa obispal fue secundada por la sociedad y las organizaciones civiles, los gremios y el sector gubernamental, sin injerencia alguna de la Policía y el Ejército.
Se produjo entonces el milagro : las bandas delincuenciales de los Shottas y los Espartanos fumaron —vaya paradoja— la pipa de la paz, en lo que se ha llamado el laboratorio de la tantas veces mencionada paz, y he ahí los resultados.
Según monseñor Jaramillo, estos dos temibles grupos ilegales “quieren acogerse a esta propuesta de país porque están cansados de la guerra, están pensado en sus hijos, en sus esposas, en sus familias y no quieren más sangre, más muertes y que sus hijos terminen donde ellos están”.
Agregó además que la estrategia para la paz total que se vive en Buenaventura es un referente para muchas ciudades donde los atormentan la extorsión, el robo, los homicidios y los enfrentamientos. Ciertamente, esto es un ejemplo a seguir.