No por ser la política el arte de lo posible pero sí el arte de las coaliciones, el camino hacia la primera magistratura de la nación lo estaba allanando con una excelente estrategia, producto de su experiencia y conocimiento de la cosa pública.
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Ya había alcanzado los méritos suficientes para ser “el que diga Uribe”, ganados gracias a sus gestiones exitosas en las carteras que había ocupado y también al saber esperar, una de las virtudes que poco practican quienes se le miden a esa selva malsana e inhóspita que es el manejo del Estado.
Desde cuando su padre, del mismo nombre, fue un dirigente liberal vallecaucano, vio en “júnior” no solo a su sucesor sino a quien, además, llegaría donde él no pudo. Para tal efecto, se esmeró en su educación y en trazarle una hoja de ruta que venía cumpliendo a cabalidad, abandonando incluso el movimiento familiar que más votos ponía en estos lares por esas calendas.
Fue así como ocupó tantos cargos locales, nacionales e internacionales que necesitaría otra columna para mencionarlos, pero baste con repetir, como dicen en su natal Cartago, que estaba más preparado que un kumis, además con una impecable trayectoria exenta de las investigaciones e interrogantes de las “ías”.
Por otra parte, su retirada de las toldas liberales para llegar al Centro Democrático le permitió ponerse en los primeros puestos del repartidor. Ya era casi segura su designación como candidato del uribismo para emprender algo que tan solo él podía hacer: reunir a otros partidos en torno a su nombre para alcanzar así una sólida base electoral que, sumada a los votos de opinión y a los de su mentor, daría la competencia con unas altas posibilidades de ganar en el 2022.
Sin embargo, por esas cosas del destino, se le atravesó la parca y se lo llevó, como se llevó a su padre años atrás víctima de un absurdo accidente en su casa. Cosas de la vida, dirían los viejos.
Hay hoy, como dijera el caudillo, una gran orfandad en la política colombiana. Ah, falta que le va a hacer a la democracia nacional. Tocará volver a barajar, porque, a pesar de la muerte, la vida sigue su camino… hacia ella.