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San Andrés, entre la mugre y la esperanza

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Mario Fernando Prado
13 de noviembre de 2009 - 03:29 a. m.
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VARIOS AÑOS SIN VISITAR SAN ANdrés. Y al volver, el mismo perro con distinta guasca.

Lo bueno: el aeropuerto, la peatonalización del malecón, el arreglo de algunas playas, muchas obras de infraestructura, la hotelería hoy competitiva a nivel Caribe, amén de planes y precios amigables. Lo malo: la corrupción, la pereza de los isleños, el vicio que pulula, la inseguridad que se deja sentir, el oportunismo de quienes explotan inmisericordemente la isla y la desidia oficial que anda a paso de tortuga.

Y lo feo, pero bien feo: la suciedad y el abandono, lunares que llevan décadas sin que existan políticas de ornato ni campañas de concientización para impedir que la basura les gane la pelea a quienes la recogen con rigor y eficiencia.

Lotes enmalezados, construcciones abandonadas y obras sin terminar le dan apariencia de un lugar bombardeado. El rezago del narcotráfico se hace evidente  cuando no en monstruos faraónicos de la más pura arquitectura traqueta, en opulentas edificaciones pletóricas de mármoles y anoloc que atentan contra la estética de la isla.

No sé si por ser tan pequeño, en San Andrés se hace más evidente esa negra etapa cuyos restos usurpan e insultan la idiosincrasia de unos nativos invadidos “españolamente” por los depredadores del interior en busca de El Dorado inexistente.

Que se sepa, el gobierno seccional no tiene el ornato entre sus prioridades y ello hace que la isla más pareciera una tierra de nadie que un departamento al cual el gobierno de Uribe le ha puesto todo el empeño con megaobras e inversión social que le cambiaron el cuerpo, mas no la cara al archipiélago.

Una isla que vive del turismo y la recreación —y ya no tanto del comercio— debería ser más estricta con sus visitantes, campeones en el ensucie y el importaculismo.

Y como el mal ejemplo cunde, los nativos hacen lo propio. Total, la mugre pulula invasivamente.

Poco o nada pueden hacer los hoteleros y actividades afines que le apuestan a la esperanza junto a un puñado de gentes cívicas a quienes les duele San Andrés, si este esfuerzo no está acompañado de unas estrategias claras, drásticas y efectivas de limpiar calles y playas que impongan la autoridad por encima de coimas y demás favores.

Lo anterior para no mencionar los problemas de salud, educación y vivienda  que son otro tumor que amenaza este paraíso caribeño al que tanto le debemos los colombianos.

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