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¡Se murió Nicholls, carajo!

Mario Fernando Prado

23 de octubre de 2008 - 09:00 p. m.

HOY HACE OCHO DÍAS SE MAMÓ DE vivir Hernán Nicholls, el último pionero de la publicidad colombiana. El creativo, el lector, el poeta, el hacedor de frases, el malabarista de las palabras, el de los eslóganes insuperables (no tiene presa mala, hace las cosas bien, protegemos por naturaleza, a batallas de amor campos de plumas, etc.) murió en medio de la espesura de sus recuerdos y la abundancia de los proyectos que aún le faltaban por coronar y que le hubieran significado otros 78 años de vida.

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Hernán no se amacizó con la nueva publicidad, la electrónica, la de las computadoras, la que viene hecha, la que ya no necesita ilustradores, la de la tecnología salvaje y, por qué no, la de la vida sosegada y zanahoria que dejó a un lado la pequeña y hasta la grande bohemia.

Nicholls vivió y gozó de esa Cali de Fanny Mikey, Mayolo, Carlos Ospina y Andrés Caicedo por entonces —y nunca más—, “sueño bañado por un río”, a decir de Carranza, y hasta “garaje con Obispo”, como la certificó Barba Jacob.

Por esas calendas —y hablo de los sesenta— la ciudad cívica era un hervidero cultural y un faro que admiraba Colombia por sus expresiones artísticas y desmesuradas que se impusieron nacionalmente. Había teatro, música, librepensadores, contestatarios y anarquistas tanto como decentes docentes, políticos de la vieja guardia y una sed insaciable de conocimientos, de probar ambrosías y de alargar las noches.

Te acordás hermano qué tiempos aquellos… Ellos fueron los que dieron paso a un publicista manizalita que se inició como reportero y pudo conquistar las más grandes cuentas publicitarias del país gracias a su verbo riguroso y a su eclecticismo que transgredió lo banal y lo común y corriente y se atrevió a desnudar cuerpo y alma.

El legado de Hernán Nicholls a la publicidad colombiana merece un capítulo especial en la historia de esta actividad. Fueron innumerables los chispazos, no producto de la improvisación sino resultado de su vasta cultura y su prolífica pluma. Y además, y quizás lo más importante, Nicholls compartió y repartió —incluso hasta quedarse sin nada terreno— y fue escuela y templo en donde se formaron, forjaron y hasta se perdieron muchos valores que hoy lo recuerdan más como el maestro que como el profeta que decían que fue.

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Ojalá el próximo Congreso de Publicidad lleve su nombre o por lo menos se le tribute el homenaje póstumo que no se le rindió en vida, porque entre otras cosas no lo habría recibido: Yo vivo para dar y no para recibir, les garantizo que hubiera dicho…

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