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Nuestro paraíso turístico apenas se estaba reponiendo de la pandemia, del tal estallido social y del huracán Iota —que afectaron tremendamente a miles de personas que viven del turismo, más aún ahora que el precio del dólar no permite viajar al exterior—, cuando el problema de Viva hirió de muerte nuevamente al archipiélago.
Los otrora 33 vuelos diarios en 2022 bajaron a 18 —prácticamente la mitad— y esta reducción es en extremo grave, porque otra vez vuelve y juega el problema de la baja ocupación hotelera. San Andrés sin turismo es un completo moridero.
Atrás quedaron las optimistas cifras y los cálculos de ocupaciones superiores al 70 % mostrados en las asambleas de Cotelco, Anato y las organizaciones que agremian al sector, lo que iba a permitir una merecida recuperación económica de las islas con su mar de los siete colores y la puesta en marcha de nuevas ofertas de camas, cubiertos y servicios con jugosas inversiones extranjeras.
Me dirán que otras aerolíneas atenderán la demanda ya de por sí herida y que en poco tiempo se reanudarán y normalizarán los vuelos con tiquetes más baratos, pero no nos hagamos falsas ilusiones. Reemplazar las frecuencias y el cubrimiento de Viva no será posible ni en el mediano plazo y la crisis hará reventar los servicios hoteleros y gastronómicos, produciendo además un desempleo que llevaría al hambre y la violencia.
No sé qué opine el Gobierno, que no previó lo que se venía pierna arriba, y este es el momento en que el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo no sabe cómo responder ni qué pasará. Esto no se soluciona con discursos y promesas, sino con hechos concretos.
Sin ser ave de mal agüero, ya verán que el problema de San Andrés apenas comienza, desaprovechándose el papayazo del dólar por las cumbres. Entretanto, ¿qué sucederá con los pasajeros que se quedaron varados en el aeropuerto?
