El escandaloso show protagonizado el pasado Domingo de Resurrección por el alcalde de Calima El Darién no tiene antecedentes en este país. Que un mandatario se empelote de cabo a rabo en una discoteca llena de público y muestre sus partes pudendas a los asistentes resulta asqueante y bochornoso.
Y más aún en un estado de embriaguez tal, que tuvieron que sacarlo casi en guando con ayuda de la policía, que al llegar al establecimiento se enteró de que era su máxima autoridad quien había escandalizado a los asistentes.
Según entiendo, no es la primera vez que realiza actos similares. En pasada ocasión les arrebató el micrófono a unos cantantes y en medio de la borrachera insultó al público y profirió toda suerte de disparates propios de una persona alienada mentalmente.
Si eso es lo que se conoce, ¿cómo serán los guardados que no se han filtrado todavía y que engrosarían su prontuario?
Ni hablar de las disculpas y de las falsas explicaciones con las que tratan de justificar lo injustificable: que le dieron licor adulterado, pero brincó la discoteca diciendo que nadie más terminó enloquecido; que lo emburundangaron, pero a quienes les sucede eso se adormecen y se vuelven unos jumentos.
Ahora no se sabe si habría ingestado droga a posteriori para mostrar unos resultados amañados y defender su pellejo, bastante chamuscado que está.
El rechazo ha sido total. Todos los sectores de la comunidad regional y nacional exigen que renuncie o que las “ías” lo destituyan fulminantemente, aun a sabiendas de que demandaría la decisión y es posible que termine limpio de polvo y paja, porque así son las cosas en este país del Sagrado Corazón.