No hay de otra: o se decreta la vacunación obligatoria para todos los colombianos o no habrá forma de llegar a la llamada inmunidad de rebaño.
Las cifras son tozudas. El más alto porcentaje de contagiados de todas las edades, sexos y razas pertenece a los no vacunados y, peor aún, el mayor número de fallecidos son personas que se negaron a recibir la única manera de prevenir y controlar el fatal COVID-19.
Ahora bien: no están exentas de infectarse todas las personas que han recibido las vacunas respectivas, aunque se han presentado unos pocos casos que afortunadamente han podido ser tratados con éxito en su inmensa mayoría.
Pero no hay alternativa y a punta de bebedizos y aguas benditas no es posible aventajar el efecto positivo de las vacunas. Hay, como lo he destacado varias veces, algunas medicinas paliativas que en algo pueden ayudar, pero no son de ninguna manera sustitutivas.
Por eso, urge que el Gobierno imponga la medida de vacunación obligatoria, sobre todo para las poblaciones rurales y los estratos más bajos de la población, que se han mostrado reacios a dejarse chuzar y cuyos jóvenes tienen la inmensa responsabilidad de no contagiar a sus mayores, como de hecho está sucediendo.
Los premios, las rifas y demás estímulos que se vienen proponiendo no serán suficientes para obtener la vacunación masiva, que es urgente, y menos el exigir un certificado para ingresar a determinados lugares públicos.
Con medias tintas, repito, no se va a llegar a la tal inmunidad de rebaño, así se armen protestas, se interpongan tutelas y demás leguleyadas: o todos en la cama o todos en el ataúd.