Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La campaña que acaba de concluir y que llevó a De la Espriella a la presidencia no gozó de un buen entorno en materia de cuentos, chismes, habladurías y demás encantos que distinguieron siempre a la popayanejidad.
En efecto, no hubo esos chispazos creativos que hacían morir de la risa a quienes los proferían y, lógico, se los disfrutaban perversamente. Fue a la Valencia, a la que le sacaron más cuentos: ciertos o no, hagamos el ejercicio con algunos de ellos.
Producto de una citación para cierre de una legislatura, se requirió de la presencia del maestro Valencia. No estaba en la casa de don Ignacio, su suegro; no estaba en la Hacienda Belalcázar; no estaba en su casa del centro; mejor dicho, estaba perdido.
Fue un grupo de payaneses quienes dijeron que el ilustre poeta estaba en una casa muy particular en el barrio Cauca y allá lo descubrieron: “Maestro, urge su presencia en este evento ya que usted tiene la autoridad para clausurarlo”. Él se incorpora en la sala de esa discreta vivienda y, luego de mirar de cabo a rabo a su compañera de esa tarde, se limitó a decirle a sus amigos con ese tonito patojo que le caracterizó: “Dígales a esos dilectos amigos que yo les mando a decir (mirando a su compañera) que si puedo no voy y que si no puedo voy”.
Al otro día, el maestro, en pleno parque de Caldas, se topó con la muchareja, quien le reclamó: “Maestro, me quedó mal”, a lo cual él le respondió: “Sí, mijita, para no quedarle peor”.
Yo sé que estas anécdotas pasarán al olvido, aunque me tranquiliza que exista alguien que no dejará que estos recuerdos se vayan perdiendo, porque existen payaneses como Juan Carlos Iragorri que no los dejarán morir.
