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A Fare Suárez, un pitcher en el diamante de las letras

Mario Méndez

16 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

El pasado 15 de mayo falleció Fare Suárez Sarmiento en su natal Santa Marta. Exrector del Liceo Celedón y eminente catedrático de la Universidad del Magdalena, deja un valioso legado literario que compartió con el Taller de Escritores Gabriel García Márquez, de Bogotá, al que se vinculó en sus últimos años de vida. En la sesión virtual del 27 de junio, leímos una semblanza del profesor.

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Fare: cuando a comienzos de 2024 fui a Santa Marta para visitarte y conocer en forma personal a ese hombre enorme y sonriente que vivía dentro de ti –lo mismo que a José Alejandro Vanegas, compañero de la Universidad Nacional–, te sorprendió mi primera reacción al dirigirme al punto acordado. Ya seguro de que tú eras tú, te pregunté con seriedad mamagallística: “Oye, ¿seguro que eres Fare, miembro de nuestro taller de los sábados? Porque más pareces un viejo pitcher que un maestro de la pluma y la cátedra. ¿Hace mucho que dejaste el béisbol?”. Y reíste como si las carcajadas fueran a desaparecer para siempre.

Así iniciamos una amistad presencial que parecía, en pocos minutos, como si lleváramos mucho tiempo de conversar e intercambiar frases que solo se dan con el paso del tiempo y que se definen por profundas identidades y recovecos ocurrentes. Creo que estamos salvados de pendejadas quienes consideramos que en este mundo el desparpajo ayuda mucho a vivir en comunidad, a compartir con la gente, a no reprimir el espíritu.

En los pocos días que compartimos en Santa Marta –y que se repetirían un año después allí mismo–, disfrutamos de momentos gratificantes. En un conocido restaurante de la ciudad, gracias a un escape supuestamente al baño, pude pagar el servicio, pues, de lo contrario, me exponía a ser un cachaco mantenido por Fare y Vanegas.

También estaba el círculo de amigos en la cafetería del segundo piso, un lugar al que concurrían personajes muy afines a nuestras sensatas locuras: pensionados, escritores, lectores, docentes y decentes. Sus historias de vida nos permitieron rebautizar el establecimiento como «El Tubo», ya que por esos lados salen a relucir historias de bienes (fulano tuvo, mengano tuvo, aquel tuvo), posiciones económicas, laborales e intelectuales. Algo semejante a la que conocimos en Bogotá, en la carrera 7 con calle 17, y que alguna vez replicamos en un en un escampadero con café ubicado detrás de las ancas del caballo del Bolívar desnudo de Pereira.

Asimismo, ¡qué grato resultó que Suárez y Luis Alejandro me llevaran al Liceo Celedón! Me presentaste ante estudiantes de bachillerato de último año, ante quienes, con algunas dificultades derivadas de la alegre personalidad adolescente, hablamos de puericultura.

No todo salió bien. Resultó frustrante que no encontráramos un mondongo el domingo al mediodía, con la sazón de un personaje que expone y comercializa sus viandas a cielo abierto. Ya habían levantado plante y nos tocó ir a buscar otra forma de poner a funcionar nuestras herramientas gastroenterales: dígase comer.

De esta vivencia entre amigos, en la ciudad que vio morir al Libertador, es necesario destacar la hospitalidad de Liceth, esa queridísima compañera de vida tuya que me recibió en su casa como si yo fuera importante. Ese resguardo de cariño que construyeron los dos enamorados hoy está triste. No imagino aquella casa sin tu presencia, siempre aderezada con las expresiones de generosidad y sentido del humor que te caracterizaron.

Y aquí viene algo muy feo. Nos hiciste una jugada que no esperábamos. Hubieras podido aplazar por muchos años tu partida de esta pelota de barro e injusticias, sin ignorar la felicidad compartida; hubieras podido darnos un plazo de años para hacer una vaca, viajar y organizar un funeral digno de tu estatura, y no me refiero a tus uno ochenta y pico que se elevaban del suelo. No avisaste, y de pronto nos llegó el chaparrón de la noticia. Tu ida no deja de ser una pérdida para el Taller y para cada uno de los miembros que nos encontramos virtualmente desde la pandemia. Pero ya te perdonamos la ocurrencia de dejarnos cuando menos lo esperábamos.

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Una rúbrica adecuada para perfilar tu figura humana está constituida por el recuerdo que tengo de cuando pasábamos en tu vehículo por calles donde la gente te conocía. A gritos, saludabas con nombre propio a muchos amigos de infancia, de estudio y quizá de pilatunas, repitiendo, con una ternura inusitada y conmovedora: “Los amo, los amo, los amo”.

*Mario Méndez es sociólogo Universidad Nacional.

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