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Se me fue Carlos Cortés. ¡Así! Sin un aviso cifrado, sin los preámbulos de las idas prontas. Se fue luego de hablarnos sabiamente de bioenergética tres días antes y de asistir virtualmente a nuestro Taller de Escritores Gabriel García Márquez de los sábados. El domingo se desplomó… y se fue… con todo su equipaje de sapiencia, minutos después de conversar conmigo por teléfono.
El ilustre médico Carlos Alfredo Cortés Moreno, de la Nacional, fue regando por años su didáctica, sus saberes y su discurso hondo y bonachón, en las sesiones literarias y dondequiera que compartiéramos momentos enriquecedores. Ahora hablaba de ciencia, de textos trascendentes, de acupuntura, de digitopuntura, de cultura y de la altura de tantos hechos del mundo y del hombre; ahora analizaba los movimientos de la paloma y los cambios en su hábitat y sus hábitos; ahora, de amores y desamores, de princesas y de príncipes, de la grandeza y las bajezas del ser humano; ahora, de aquellas cosas cotidianas que suceden sobre la Tierra. ¡Tantos perfiles suyos sobre historia y medicina iba compartiendo Carlos por ahí, casi al desgaire! Mucho de la herencia de los prohombres que admiraba, y otros no tanto, fue recreado por él para matizar las tardes que seguían a la parla del Taller: instantes en que afloraba un taller vivo y rociado por el agua, las pequeñas viandas y los tintos acompañantes de inolvidables tenidas donde brillaban certeros golpes cerebrales.
Ahora Carlos ya no está y no estará en esos encuentros, y tampoco en nuestras gratas e infaltables conversaciones a distancia o presenciales. Vagará con su paso lento y atento, portento de serenidad desprendida de su acumulado vital, intelectual y moral. Carlos continuará por siempre en el recuerdo de sus contertulios, habitado por el búho, protegido por Esculapio y por Hipócrates, en medio de los aleteos de su afecto hacia los seres vivos, como hermano y ciudadano simple y a la vez profundo.
Nadie olvidará su pedagogía andante, como la de la criatura inmortal de don Miguel de Cervantes. Nadie que haya conocido bien al médico Cortés —y cortés, siempre cortés— dejará de percibir en Carlos el espíritu del inmenso premio nobel Albert Schweitzer, el médico y músico y filósofo que creó un hospital en Lambaréné para atender personalmente a los negros en mitad de la selva africana. También en Carlos latía el pensamiento de Lao-Tsé, que expresaba con frecuencia, así como conversaba sobre el I Ching o sobre el esperanto, sobre sus incursiones por las páginas de incontables libros, en un dulce tono desprendido de su rigor corporal que se prolongaba desde sus años nuevos.
Se me fue Carlos Cortés, alma que descubrimos a tiempo en una elaborada mezcla de amistad y admiración. Se fue el doctor Cortés Moreno, convertido para nosotros en el querido Carlos de todos los días, en el amigo burlón y portador de lo mejor del sapiens, con esa risa leve y alegre, nunca estentórea, explosión de su esencia. Sin falta, habrá en el Taller un lugar para él, tanto como un sitio de honor en lo más profundo de nuestro corazón.
Aquí, ante su cuerpo exánime, traemos el dolor personal y el multiplicado dolor de sus amigos, sus catecúmenos. Quedamos huérfanos y tristes, viendo cómo su figura deja una estela lenta sobre el infinito, como un punto que se pierde en el horizonte, en un adiós doloroso que nunca sospechamos tan desgarrador, a pesar de tratarse del hecho inevitable que hoy nos convoca en este punto para despedirlo.
* Sociólogo, Universidad Nacional.
