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Arte, contrapoder y reivindicaciones

Mario Méndez

04 de julio de 2021 - 10:00 p. m.

Más tarde o más temprano las cosas habrán de cambiar en Colombia. Un poco al margen de los resultados de las recientes movilizaciones, irrumpirá paulatinamente una nueva sociedad, cuyo rasgo principal es el protagonismo de la juventud y específicamente de la mujer en el movimiento popular, reclamando atención a sus derechos, sus sueños, sus anhelos.

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Como lo analizan opinadores y pensadores sociales, el arte afloró con fuerza en la protesta, sembrando esperanza entre quienes deseamos estructuras más justas para todos. Se deben mirar con cuidado ciertos signos juveniles que antes no se hacían visibles con el ímpetu de ahora. Había, sí, una comparsa, el teatro surgido del desarrollo de la escena en Colombia, cosas así, pero lo artístico no aparecía con tanto vigor.

Si pasamos de mirar a observar, se descubre que las tamboreras, los muchachos con sus desbordadas expresiones, en actitud sutilmente desafiante, están plasmando los gérmenes de un país “otro”. Ese elemento, contestatario en cierta forma, se perfila como una suerte de contrapoder. El carácter es más claro en la actitud de sorpresa de la Fuerza Pública, incluso si no se muestra violenta.

Alienta ver en Cali la construcción de “Resiste”, monumento de creación colectiva, invitación plástica a enfrentar el agresivo rechazo al cambio que ya no da espera. Aquí hace presencia el arte con nuevos ribetes, como fuera el Renacimiento ante los contenidos sacros y predominantes en la Edad Media, como pensamiento que parecía eterno y no lo fue.

¿Y qué decir de los símbolos establecidos que parecían intocables? Sebastián de Belalcázar tiene que bajarse ahora de su pedestal, pues las víctimas de su despotismo resolvieron que el conquistador no podía perpetuarse con el índice mostrando a Popayán y Cali, dos ciudades que fundó —o refundó, habrá que ver—. El hecho se repite en Bogotá para cambiar la denominación de la avenida más viva en el imaginario de sus habitantes. Los indígenas deciden que ya no será “Jiménez de Quesada” sino “Misak” (designación originaria de lo que los españoles impusieron como “guambiano”). No debemos olvidar que el río sepultado por la avenida, que corre hacia el occidente de la ciudad, no era “San Francisco” en el mundo precolombino sino “Vicachá”, “El resplandor de la noche”, y hoy se nos antoja rescatable, sobre lo cual ya hay una pequeña indicación en la carrera 4.ª con el hilo de agua que nos dejó Rogelio Salmona.

Con la misma tónica, los pereiranos se toman el viaducto que une su ciudad con Dosquebradas y le quitan el nombre de “César Gaviria”, personaje vivo que en su momento, por más expresidente que fuera, aceptó el hecho en una demostración de mal gusto, ya que los lugares epónimos se consolidan cuando la figura ya ha fallecido (recordemos una lección: Fidel Castro expresó que, luego de su muerte, ningún sitio público debía llevar su nombre). De modo que la monumental obra se llama hoy, por disposición popular, “Puente de la Dignidad”.

Reiteramos que las expresiones de arte que deja la protesta en Colombia, a partir del 28 de abril, marcan puntos de resignificación histórica y política de cambio social, como contrapoder.

Tris más. También, desde esta columna, depositamos una flor para Junior Jein, el querido “Caballo” de los bonaverenses y expresión artística de sus reclamos.

* Sociólogo de la Universidad Nacional.

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