Dentro de los problemas sociales que nos caracterizan como pueblo, se destacan las deficiencias que exhibimos y retransmitimos en la formación de nuestros hijos, asunto del que poco se habla y no está en las prioridades oficiales cuando se trata de la salud mental en la población.
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La psicología ya ha estudiado suficientemente el alcance de la presencia de los padres o las figuras parentales en la infancia del individuo. Pero es necesario que esa presencia sea de calidad para que el niño tenga una óptima imagen de su progenitor. De modo que las conductas paterna y materna deben ser de primera calidad, aspecto que falla en el medio colombiano por mil razones, en especial de orden cultural y que se manifiestan en situaciones de ruptura de la relación de pareja.
Llegamos así a la médula del tema de esta columna. Los juzgados y las entidades de familia se atiborran de reclamos, demandas, contrademandas y acusaciones sobre la custodia de los hijos, custodia que implica el derecho de uno de los padres a ver a su hijo en períodos predeterminados formalmente. En esta situación que enreda al niño, este puede ser inducido a rechazar al padre o la madre que no tiene a su cargo el cuidado cotidiano de su hijo. ¿Por qué ese posible rechazo?
Como en el caso del país la cualificación de los padres es precaria en el conocimiento de los factores formativos del niño, los errores cometidos por aquellos son un problema gravísimo individual y socialmente, en la medida en que afloran los resentimientos provenientes del desajuste que llevó a la separación de los padres. Y como se ignoran las consecuencias de dañarle la imagen paterna o materna al niño, a este se le empobrece la percepción que debe tener acerca del progenitor no presente en el día a día, con tal de sacarse el clavo por parte de quien custodia. En este punto es lamentable que en la crianza se le dé más valor a la formación del perro que a la de los hijos, cuando a todos los padres se les debiera exigir que, antes de engendrar —o a más tardar en el curso de la gestación—, se preparen en lo básico por lo menos para construir seres mejores.
Lo que aquí decimos se inspira en un caso que conocemos y nos preocupa en virtud de la insensatez demostrada por una madre que ejerce la custodia y paso a paso logra que su hija preadolescente repudie al padre y se niegue a verlo. El hecho es más inquietante porque los abuelos maternos, en cuyo espacio se desenvuelve la vida de la niña, no ofrecen una calidad mínima siquiera de acompañamiento para ella; por el contrario, sistemáticamente aquellos descalifican injustamente al padre con un lenguaje bajo que sueltan delante de la jovencita.
A esta situación se suma la incomprensión de los propios funcionarios ante quienes se ha insistido en la necesidad de instruir a la madre y los abuelos, con el propósito de que estos entiendan la trascendencia psicoanalítica de que la niña tenga una imagen positiva del padre, quien, además, atiende bien sus obligaciones.
Inquieta que la incomprensión reinante en el entorno de la niña incluya que los funcionarios de familia desconozcan el alcance de elementos tan esenciales para su equilibrio emocional. Aquí se refleja bien la incompetencia de nuestro Estado para velar por la salud integral de la gente. Por eso somos lo que somos.
Tris más. También en este campo requerimos un cambio drástico.
*Sociólogo de la Universidad Nacional.