El regreso del talibán al poder afgano deja inquietudes. En lo que conocemos sobre el pensamiento islámico no encontramos bases para una política excluyente frente a la mujer, en los términos en que lo exhibe la rama suní del islamismo, luego de la pactada salida de Estados Unidos. A pesar de las promesas del talibán, cuando por fin cayó Kabul, de respetar el derecho de la mujer a estudiar y participar en la vida nacional, las autoridades locales insisten en desobedecer las directrices –si es cierto que las hay– de lo que en adelante será el gobierno talibán.
De todos modos, la comunidad internacional no prevé cambios reales en la práctica del fundamentalismo instalado en Afganistán, ya que esa es la ideología imperante y no se oculta, lo cual entraña una suerte de coherencia. Otra cosa ocurre por estos lados de la Colombia donde campea un aberrante cinismo. En efecto, mientras el Gobierno alardea en muchos ámbitos, como en la política medioambiental, expide licencias para explotación minera en sitios protegidos como los páramos o en la línea de riesgo para sus fábricas de agua, además de fumigar con glifosato y abrirle espacio al fracking.
Dentro de las contradicciones que caracterizan al gobierno de Uribe III, Duque hace gala de un burdo negacionismo ante la índole turbia de algunos coequiperos que le ayudaron a llegar a la Casa de Nariño, sobre todo en lo que se conoce como ñeñepolítica, como en otros casos de sus relaciones con lo más oscuro de la fauna política, con bastante documentación. A la vez que suenan las campanas presuntuosas de una falsa transparencia desde los dos primeros períodos del jefe eterno, en la procesión desfilan hechos que llevan a mociones de censura de sus funcionarios. Si tales actos promovidos por una oposición valerosa no culminan como debiera ser, ello se explica por el espíritu de cuerpo del oficialismo. Esa es precisamente una de las expresiones más odiosas de la práctica política –otra cosa es la política como ciencia–: defender lo que sea, simplemente porque el señalado es “uno de los nuestros”. ¡Qué maluco!
Uno de los últimos episodios de un gobierno que suele pintar gestos de desfachatez es la designación del economista Alberto Carrasquilla como codirector del Banco de la República. Popularmente se dice que “eso no tiene presentación”, pero en la versión duquista impera más bien el chiste de que “el que la hace la paga”. Después de desatar el incendio social que comenzó el 28 de abril, el exministro de Hacienda es “recompensado” y puesto en el Emisor, donde se requiere independencia para conducir la política monetaria del país y manejar las reservas internacionales, principios ahora arrojados por la borda.
Nada bueno esperábamos del debate en la Cámara de Representantes con la exministra Karen Abudinen, de las TIC, donde se refundieron $70.000 millones. Como era preciso que la doña renunciara, ya vendrá un mejor nombramiento como gesto de “transparencia”. Y Duque reirá una vez más de la altísima desaprobación que lo ronda.
Tris más 1. Renovamos nuestra admiración por el padre Francisco de Roux.
Tris más 2. Como un soplo de ternura nos llega(¿ba?) un programa musical de niños que nos conmueven con sus voces y sus actitudes.
* Sociólogo, Universidad Nacional.