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Encuentro satelital con León de Greiff

Mario Méndez

04 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Comenzando los años 70, cuando todavía yo trabajaba en Telecom, estuve como invitado a un almuerzo servido en la estación rastreadora de la empresa, aquel avance inaugurado en esos días para la comunicación satelital con el mundo: toda una novedad tecnológica que nos permitió salir de la vereda.

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Entre los invitados ilustres estaba León de Greiff, ese poeta inmenso y huraño que produjo tanta belleza arcaica y vocablos llenos de sonoridad –incluso creaciones suyas–, que uno no podía creer que existiera alguien capaz de decir tantas cosas en lenguaje libre de los corsés de la consonancia y la asonancia; solo defendiéndose con su propio ritmo interior, sin entender uno de dónde extraía su instrumental estético (Sí lo sé mas no lo digo).

En los tempranos años 60, la Radio Nacional transmitía corresponsalías del poeta enviadas desde Estocolmo, donde oficiaba como secretario de la embajada de Colombia. ¡Qué delicia escuchar en su voz aquella prosa no carente de ritmo agarrador! Era y es cultura pura, perdurable, adobada con el arsenal greifiano.

Sin duda, dentro de la variedad de intereses que hemos cultivado, está lo que dejó Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler con su barba y con su pipa, y con su talante ajeno a todo lo que ocurriera en su entorno, salvo que no perdía ni una pizca del cúmulo de hechos que él podía convertir en monumento poético.

Mi hija mayor, apenas empezando a vivir, escuchaba las lecturas de sus poemas que hacíamos con mi mujer, y entornaba sus ojitos dulcificados, de modo que para ella siempre ha sido De Greiff un referente espiritual que la conmueve y le ayuda a “sentir”. Cuando León murió, el 11 de julio hizo 50 años, mi hija nos pidió que la lleváramos a la funeraria para conocerlo en el ataúd. Allí la alcé para que alcanzara a verlo y nos dijo simplemente que “tan lindo, tan hermoso”. Esa ha sido entonces la presencia de León en nuestras vidas, hasta el punto de poder afirmar que mi hija responde bastante a la “Cancioncilla” del vate: Esta mujer es una urna/ llena de místico perfume,/ como Annabel, como Ulalume.

Bien. Volvamos a la estación satelital de Chocontá. ¿Cuántas veces pude ver al poeta personalmente y con algún detenimiento? Apenas una, aquella, propiciada por la jefe de Relaciones Públicas de Telecom. Cuando arribé al lugar, la poeta Dora Castellanos, titular de la oficina, me dijo que ella tenía un problema por resolver. “¿Qué pasa?”, le pregunté. Y con los labios extendidos me señaló a De Greiff, solitario en una mesa. “No he tenido a quién ponerle de compañía pero ahora tú llegas como mi salvador”, me dijo. Así que me acerqué con temor ante la fiera que debía lidiar, pues era sabido el temperamento del poeta. Me le acerqué, lo saludé y de una le dije que yo celebraba ese encuentro porque tenía algo importante para comentarle. “Por su culpa, maestro, cometí un pequeño robo: el hecho ocurrió en una peluquería”. “¿Cómo fue la vaina?”. “Sí –le dije–, allí había una joya cuyo hurto yo no debía ni podía evitar”. Se trataba de la revista Lámpara, en una edición especial que contenía “Relato de Sergio Stepansky” y seis traducciones (alemana, sueca, inglesa, francesa, italiana y portuguesa).

Y ahí me gané al rey de la selva poética, quien se soltó, abierto a la conversación, y me comentó que él tenía noticia de aquello pero no había conseguido la publicación. Sin pensarlo, le dije que no contara con ese ejemplar porque era lo único valioso que yo tenía. Y así transcurrió el momento previo a los platos y la cubertería.

Tris más. A León de Greiff nada le importaba que no fueran sus libros y su mundo intelectual, y por eso era descuidado. Alguna vez, a modo de propaganda, una conocida fábrica de vestidos publicaba periódicamente una foto en la cual encerraba la figura de alguien anónimo que aparecía en una situación de calle. Para facilitar una donación al poeta, y aparentemente al azar, apareció León dentro del redondel, hecho que lo hacía merecedor de seis vestidos. Pasaron meses y el personaje no estrenaba. Al preguntársele qué pasaba con sus nuevos atuendos, contestó que los tenía arrugándose.

*Sociólogo Universidad Nacional.

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