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No se sabe qué es más peligroso, si tratar de imponer la historia del presente, esa que labran todos los días bodegas, odiófilos y medios que transmutaron el periodismo a punta de clics en tendencias, o la historia, así a secas, la que leerán, si todavía hay escritura, las próximas generaciones y que hoy tratan de construir con autobiografías, memorias amañadas o mentiras repetidas que construyeron verdades volátiles y contradictorias.
La historia del presente parece tener preocupado al Gobierno, a juzgar por la retahíla en su predecible y antitelevisivo programa, testigo parlante del naufragio de la imagen presidencial; o por la dudosa generosidad presupuestal para apoyar a medios afines y arrodillar a críticos, con auxilios que han demostrado en otras naciones su estruendoso fracaso en sostenibilidad e independencia para medios y para la democracia que ya no puede sostener con la frente en alto esos medios; o por estrategias digitales de saturación de anuncios que cambian, de fondo y de forma, al calor y obviamente al frío de las coyunturas, como lo demuestra la negación/aceptación del conflicto armado/amenaza terrorista en medio del bulto de anzuelos del mindefensa, que no tuvo tiempo de aprender la cartilla de la guerra.
Pero no descuidan la otra historia, la que dicen que cuentan los vencedores y que aquí, con nuestras veleidades, se ve en calzas prietas cada que cambia el período presidencial, sin que haya tiempo de escribir fe de erratas. Lo dejan ver presuntas autobiografías, como dice Noticias Uno que quiere la esposa del presidente para tratar de maquillar su legado, tan gris como el de su marido; o las volteretas del comisionado de Paz y del mismo Duque, que no pueden ocultar la presión internacional y su repentino cambio de tono frente a los retrocesos en implementación de los acuerdos de La Habana. Tono y decires que se quedarán en intenciones y en la citación de esas intenciones para hacernos creer que le caminan a la paz.
Seremos el único país donde verdad e historia, la del presente y la que prevalece, se regatean, como en los mercados, al postor más hábil.
