Debe ser que, como los que apuestan a la lotería, buena parte de nuestros líderes le ponen toda la energía al paso previo, esto es, la campaña, sin tiempo de preparación para el ejercicio del poder y terminan despilfarrándolo.
No deja de ser un absurdo que, en cuanto cargo oficial por voto popular, el primer año se dilapide en esos aprendizajes de los tejemanejes del Estado, las lógicas institucionales y el conocimiento de las mañas, en el buen sentido, del que alguna vez fuera el arte de gobernar.
El primer efecto es el deslumbramiento propio y de los cercanos al elegido, como quien se encuentra una guaca, frente a las posibilidades ignotas atinentes al poder. Un desconocimiento que lleva a buscar guía, disfrazada de alianzas, en los que “saben” y que los deja a expensas de sus intenciones para beneficio propio, y no pocas veces con el pecado y sin el género. Los acuerdos con el demonio siempre terminan en entrampamientos.
Cuando parecía que el presidente Petro había aprendido de sus errores gerenciales como alcalde, la cascada de escándalos recientes deja ver que aún le faltaba pelo para moño. Desde la condescendencia para que familiares suyos, mucho menos preparados, apareciesen en la gestión pública de manera chambona e indelicada, hasta la conformación del círculo de colaboradores, en la que se notan las “recomendaciones” de todos los calibres sin un norte claro, aparte de funcionarios en los sectores claves que quiere reformar. Curioso, eso sí, que los “desnombrados” por teléfono no hubiesen tenido los mismos reparos cuando fueron designados por el mismo medio.
Es una historia repetida y no tiene color ideológico ni origen social. Esa inexperiencia, tristemente, revive imaginarios que ya creíamos superados, como ese de que es mejor elegir a los que tienen porque llegan con menos hambre o, en esta escala invertida de valores, a pesar de que se trata aún de rumores, es que no “han sabido hacer bien la vuelta”.
Lo más grave es la percepción, incluso entre sus seguidores, de que a pesar de ser vecinos del ganador del “gordo” en el barrio las cosas siguen igual.