Tal y como sucedió en campaña, no es difícil seguir la pista a los orígenes disímiles de las propuestas del entrante gobierno, y no solo por la obviedad en cantos, lemas repetidos e íconos fatuos. Su trabajo –o el de sus estrategas– ha consistido en reciclar y revolver estrategias trasegadas, poco efectivas, pero contaminadas del populismo comunicacional, como en el caso de los empalmes territoriales, la etiqueta esa con la que quisieron disfrazar el uso que otros le dieron en América Latina: Uribe y sus consejos comunales; Chávez y su nueva geometría del poder; Evo y sus asambleas, federaciones y gabinetes; Correa y su gabinete itinerante; López Obrador y sus mañaneras, Sarkozy y sus consejos de ministros deslocalizados y, más antes, en los 80, la municipalización y descentralización administrativa en la Chile de la dictadura de Pinochet.
El objetivo no era la eficiencia en la gestión pública, sino la generación de imaginarios de proximidad, desintermediación de la prensa y reporteros, aparente control político con microgerencia sin trazabilidad. Todo esto sobre la base del “decretismo”, a punta de estados de excepción o el discurso utópico y el abuso de los ultimátum como táctica, armas predilectas de Trump.
No importa la mezcla ni la proporción de ingredientes, como en el arroz apastelado de la Costa Norte, que, si bien alimenta muchas bocas, puede caer pesado porque es difícil hallar su punto de cocción.
A esa olla arrocera le han ido incorporándolas vocerías made in USA dizque para interactuar con medios tradicionales, aunque a la fecha no se conozca su protocolo, aunque no es difícil predecir su carácter unidireccional, tan esquivos como son para entrevistas o ruedas de prensa. O ese reciente y extraño eclecticismo religioso, también de factura trumpista, donde el problema no es, por supuesto, Dios ni sus enseñanzas, sino las contradicciones e incoherencias en relación a su predica para el ejercicio del poder.
El resultado, como se vio en los casos mencionados arriba, fue el populismo y la personalización de la política aliñada con el infalible “promeserismo” que terminó con sendas decepciones y, lo que es peor, sin obras, Dios ni ley.
@marioemorales y http://mariomorales.co