Es genético. No somos buenos contra el reloj. Salvo muy contadas excepciones, los colombianos no sabemos manejar el tiempo. Hacemos cálculos alegres, gastamos pólvora en gallinazos, programamos con el deseo y siempre terminamos, cuando lo logramos, improvisando mientras le echamos la culpa al tiempo.
El mejor, o peor, ejemplo ha sido el manejo de los tiempos en el proceso de paz que fue anunciado como un parto normal a nueve meses, y todavía no sabemos cuándo va a terminar, conjugando, como estamos, el verbo prorrogar. De tal modo que el día D hoy tiene más adiciones que cualquier contrato ordinario de malla vial.
Si antes creíamos que el posacuerdo comenzaba el 1 de junio, la simbólica fecha de cierre ha quedado en el aire por cuenta de los aplazamientos en la dejación de armas, desarticulación de caletas y destrucción del material explosivo que tomará entre uno y tres meses… por ahora.
Los imponderables, dirán; las contingencias, se excusarán; la dinámica de la implementación, argumentarán, como si con ellos los responsables no demostraran su falta de visión para planear por escenarios cada desafío. Es como si le hubieran apostado a todo o nada en cada uno de los hitos que ha vivido el proceso: el plebiscito, el fast track y, ahora, el trámite legislativo.
Y después de cada traspiés, a empezar de cero, es decir a improvisar, como lo demuestra el maratónico, es decir contra el reloj, fin de semana del presidente Santos para firmar los 20 decretos de ley que ayudan a implementar los acuerdos. ¿Será mucho pedir que, desde ahora, tengan un plan B, por si el trámite en el Congreso falla o la Corte no los avala? Con razón la gente anda tan aburrida al respecto.
El mismo ralentismo se vive con la cátedra para la paz en colegios y universidades o con la recapacitación de medios y periodistas en cubrimiento de procesos de reconciliación.
Lo que no se entiende es que, si siempre andamos corriendo contra el reloj, por qué no somos especialistas.
www.mariomorales.info y @marioemorales