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Ni golpe blando ni conspiración para tumbar al presidente. La derecha colombiana, aun la más retrógrada —que es la más torpe—, sabe que hacerlo o intentarlo es declarar una guerra civil como no se ha visto desde hace más de siete décadas.
Dicho esto, no queda duda del saboteo permanente, acordado o no, de cuanta instancia, podercito, agrupación o institución con injerencia o decisión para atravesárseles a las reformas planteadas por el actual Gobierno. Esa actitud fratricida, si es que todavía nos creemos un país, poco tiene que ver con las reformas mismas, convertidas en pretexto en la lucha por los intereses particulares en las elecciones regionales y presidenciales y, sobre todo, por las riendas del país en los próximos diez años.
Es cierto que, sobre los proyectos de ley, que hoy penden de un hilo, el Gobierno se ha equivocado en materia grave en lo informativo, como la ha reconocido el nuevo minsalud. Pero otro tanto ha hecho la oposición a punta de mentiras, posverdades y miedos insuflados para poner de su lado el enemigo más grande que tiene un gobierno en ejercicio: el tiempo. Nada como aplazamientos y retrasos, en nombre de la “sagrada” y no pocas veces mañosa institucionalidad, para acabar con la moral de quien ejerce el poder e incluso de sus más fieles súbditos.
En esa labor de demolición anda, de nuevo, el vargasllerismo, como lo ha hecho proverbialmente esta inhumana e inepta dirigencia nacional a riesgo de llevarse al país por delante, para obtener el derecho, que no es más que su turno de recomenzar desde cero y sobre tierra arrasada. Investido a la fuerza de columnista, analista, dirigente, crítico, destructor y punto de quiebre, a Germán Vargas Lleras lo siguen engordando como el nuevo “coco” con la narrativa de salvar un país inviable. No les bastó con la ceba improvisada y, por ende, fracasada, de Federicos y Rodolfos.
Su apuesta y, repitámoslo, de algunos medios convertidos en adalides de “su propia democracia”, se parece un poco a la distopía de Ricaurte en San Mateo, de dejar al país en átomos volando, pero sin inmolarse, a ver si en medio del desastre llega al poder otro pirómano.
