Ya sabe el gobierno Petro el costo de dejar descontentos a todos cuando se intenta ser equilibrista. Van quedando en claro varias cosas con esas decisiones taimadas, como la ausencia en la reunión de la OEA para condenar a Nicaragua por violaciones de derechos humanos. Maturrangas, las llama Uribe, que fue precisamente quien popularizó la acepción de ese término, que denota el uso de formas sutiles, medias verdades u ocultaciones para conseguir un objetivo.
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Lo primero y más obvio fue optar por el mal menor en el caso nicaragüense, el ejemplo más actual de una tiranía, cruel y caprichosa. En juego estaban el presente y futuro de los pescadores artesanales y lo que se discuta en el Tribunal de La Haya sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia. Es el doblez, a veces mendaz, a veces conveniente, de la política y la diplomacia.
Pero también se jugaba en esa (in)decisión la apuesta ya esbozada del liderazgo de Petro en la política continental y su relación con el resto del planeta en términos de respeto, el futuro de las drogas ilícitas, extradición y mercados regionales, entre otras cosas, en que el apoyo de los gobiernos de izquierda, más o menos ortodoxos y más o menos sensibles, es definitivo.
Entre apoyar a Nicaragua en la mentada sesión o condenarla, quedaba el camino soterrado de no asistir, sin explicaciones por los canales convencionales, a la espera de que el tiempo y las malas noticias de cada día terminarán de alejar el asunto de la agenda pública.
Pero fue de nuevo el periodismo el que salió a prender la luz, ante la incapacidad de la oposición, que sigue empeñada en graduarse como tal en micrófonos y tendencias mediáticas, es decir, con su experticia en maturrangas.
Y, en tercer lugar, ayuda a colorear el talante del Gobierno, siguiendo un poco la estrategia de Lula da Silva, es decir, sin inamovibles y sin extremos. Un poco marxista, pero al estilo de Groucho, es decir que, frente a las exigencias de propios y extraños, si no les gustan sus principios, pues tendrá otros.