Hay que “despetrizar” la conversación pública por el bien del país, la sociedad, los contenidos mediáticos y la salud mental. El exceso de atención en todo lo que hace y no hace el presidente, familia y círculo cercano ha llevado a extraviar el foco y trivializar lo que sucede en su entorno.
Eso no significa que periodistas y autoridades dejen de hacer su trabajo fiscalizador, aguzado y minucioso sobre temas trascendentales de la actual administración. Pero pasar de allí a confundir acciones y omisiones graves —que las ha habido— con superficialidades para llenar baches, capturar atención o montarse en tendencias termina por cansar, confundir y distanciar a los ciudadanos, razón de ser de informaciones y debates. Hacer cuentas del costo de un masaje y compararlo con el eventual uso de ese dinero en otros frentes es una trampa en la que no puede caer el buen periodismo para hacerles el juego a las huestes que viven de la exaltación.
Pedirle al presidente mesura en sus trinos en redes sociales y al mismo tiempo criticarlo porque usa los canales que le consagra la ley, como la televisión, que es el único medio de acceso para casi la mitad de la población en los territorios, no solo es contradictorio sino segregacionista. Más aun si se le reclama que no lo haga en el horario triple A. La obligación del Gobierno es comunicar. Asunto distinto es exigirle calidad en esos contenidos que remarcan descuido e improvisación en sus comunicaciones. No es lo mismo un discurso presencial que un mensaje televisivo con adecuado lenguaje audiovisual, pertinencia y brevedad, no por capricho de los concesionarios, sino porque las audiencias son dispersas por naturaleza.
Contar en horas los viajes presidenciales sin evaluar logros o beneficios es “vendedor” pero tendencioso. En cambio, hay que insistirle al Ejecutivo en la incumplida rendición de cuentas después de cada periplo. Un espacio ideal son esas alocuciones televisadas, pero con perspectiva de transparencia.
El efecto de la excesiva atención en la figura presidencial es la absoluta dependencia que hoy se percibe. Hay vida aparte del Gobierno en los medios, pero especialmente en la ya petrificada conversación ciudadana.