Termina uno por envidiar al presidente Duque en estos tiempos tempestuosos. No se estresa, no se acelera, ni se despeina. No sufre por el paso de los días ni el incremento de las crisis, que se le dan a tutiplén sin que pierda compostura.
No es amigo, hasta donde se sabe, de valerianas ni meditaciones extrañas, ni siquiera participó en rituales indígenas que tienen, como él, otra concepción del tiempo. Lo suyo es el carpe diem, consciente de que alcanzó el techo sin el camino labrado, por albures del destino.
Para él, unas horas pueden ser el tiempo de varias generaciones, como se deduce de sus vaticinios sobre la caída de...
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