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Elegir también es descartar. Y en esa decisión, cuando maquillaje e hiperemocionalización, por desgracia, ya han hecho lo suyo, la mirada del votante racional debe estar enfocada en la capacidad de crecimiento a través del diálogo, negociación y acuerdos con personas o instituciones que requiere este país y no por el pretendido exitismo de un candidato.
Por eso ahora nada tiene menos importancia, pero tampoco más que otros factores como quieren hacerlo creer quienes buscan protagonismos burocráticos o políticos en su futuro cercano.
En la conversa con Fajardo y con Claudia, por ejemplo —más que los números, que son inasibles, intransferibles y menores, mirada en perspectiva la primera vuelta—, lo que importa es la capacidad de concertar e incorporar ideas y propuestas, a sabiendas que uno quiere magnificar su pobre desempeño, y otra quiere dejar una base, ojalá para el Congreso, donde mejor le fue.
El acercamiento con la iglesia católica debe llevar a que sea garante de la ponderación que debe existir entre prédica y politiquería en la que cayeron iglesias protestantes que miran a sus feligreses como rebaños, cuando no como clientes, para seguir, oh paradoja, a un politeísta, que cree o no según las circunstancias.
Ceder ante la presión por los debates —ahora menos convenientes por su talante polarizante, antes que por estrategia— debe entenderse como una posibilidad. Es el escenario para dejar en evidencia a quien quiere adelgazar al Estado con masacres laborales, imitando la improvisada ruta de otros países hoy arrepentidos. También permite denunciar el uso oportunista y abusivo de camiseta y sentimientos de una Selección que, al menos en el campo de juego, es de todos. Además, es el espacio para poner sobre la mesa eventuales maniobras violentas como el terrible rumor de autoatentados, con la doble idea de lograr más protección de los candidatos, a los que no le puede pasar nada, y advertir de técnicas del terror también usadas en momentos clave en otras naciones.
No es tiempo de insistir en ideologías alquiladas, incoherentes y aderezadas con cantos baratos y volátiles. El futuro del país es cosa seria.
