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Y llegó el temido momento. El ignominioso capítulo de componendas, arreglos bajo la mesa, propaganda sucia, lenguaje de odio y pauperización del debate electoral tocó su punto más bajo, sin que ello sea óbice para que se degrade más.
Avisados todos los candidatos de que llegaron a su techo por las buenas, dieron rienda suelta, sin excepción, al espectáculo deplorable de minar a los rivales sin asomos de mesura, decencia o coherencia. A fuerza de querer diferenciarse, en su comunicación política cada día se parecen más.
A la papaya puesta de Petro y su impresentable propuesta de “perdón social”, un imposible moral, le han hincado el diente como cernícalos desvergonzados las demás campañas, haciendo caso omiso de su rabo de paja, del impresionante parecido de sus propuestas en el pasado reciente, añadiendo a conveniencia trampas, fakes, esculcadas de hojas de vida y ese odio visceral, embodegado, que no nos permitirá nunca mirarnos de veras como un solo país.
La enorme diferencia de Petro sobre sus contendientes para la primera vuelta, una vez promediadas las encuestas, ha llevado a las campañas a otros absurdos, como el de obviar esa instancia en los análisis y ponerle el ojo a la segunda vuelta; o el de despojar a algunos medios de las talanqueras asociadas a su responsabilidad informativa, para convertirlos en propagandistas sin reato; o el de representantes del Gobierno, comenzando por el presidente, participando abiertamente en política, aunque nadie sabe si eso deriva en el efecto contrario.
Entramos, pues, en el túnel más oscuro. En esta recta final, sin Registraduría confiable, dejan de ser importantes los programas, las alianzas decentes e incluso los debates, por sustracción de materia. En adelante solo cuentan, sin que los ciudadanos puedan enterarse, las trapisondas del submundo de los votos amarrados, los caciques que esperan agazapados, los atentados y las mafias en los territorios.
De ello solo tendremos noticias a través de las desviaciones y los cambios súbitos en los sondeos que las encuestadoras nunca podrán explicarnos… Y uno no sabe qué es peor.
