Interpretamos la realidad de manera anormal o, por lo menos, a destiempo. De allí se derivan algunas de nuestras esquizofrenias que oscilan entre el excesivo culto al pasado hasta el extremo de la hipertimesia, y la utopía de los sueños de futuro que nos han desrealizado o despersonalizado, porque siempre nos queda faltando presente.
Eso explica por qué, cuando se habló de reforma, el obsoleto sistema de salud llegó a venderse como el mejor del mundo. Aferrados al ‘todo tiempo pasado fue mejor’, nos creíamos adelantados a la época y ejemplo orbital.
Algo similar está pasando con la Constitución del 91 que, puntera y pertinente en ese momento, nos actualizó parcialmente para los retos de finales de siglo pasado, pero quedó en deuda con las demandas sociales de disminución de las desigualdades, las salidas a nuestras matrices de violencia y el tatequieto a los vicios politiqueros de la clase dirigente que hoy la enarbola como insuperable para no perder las prebendas e influencias que han corrompido el poder político.
Pero una o más constituyentes no nos pondrán en el país de las maravillas, por mucho que se esfuercen sus defensores que, a juzgar por su pasado, no representan precisamente el ejemplo de cambio. Mucho ayudarían políticos y constitucionalistas si aportan ideas y soluciones, sin pensar en una nueva constitución para el próximo siglo, sino en lo que hay que hacer para actualizar, interpretar, quitar o añadir a esta que se mantiene sobrevendida, en la idea de que seamos ese otro país que nos vienen prometiendo desde hace dos siglos las nueve constituciones, todas ellas atadas a su contexto, pero hoy abiertamente imperfectas.
En cambio, con la constituyente, el hábil Petro guía la agenda de campaña para que no gire en torno a pendientes de su administración: paz y lucha contra la corrupción, que marcaron las elecciones pasadas. Reiterar la urgencia de una nueva constitución desgasta a los opositores, que parecen cada vez menos, más calmados o más repetitivos, y empaquetarla para más adelante, afincada en un acuerdo nacional, tiende un puente entre esta administración y una afín que lo suceda y le dé continuidad. Presente puro.