En pocas naciones, como la nuestra, las desgracias y tragedias, las previsibles y las que no, tienen un lugar en el calendario de manera irremediable. Ahí están en esa línea de tiempo pasada y presente, como una condena.
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Es lo que deben pensar los habitantes de Morales (Cauca) tras lo ocurrido este fin de semana, expuestos a la buena de Dios, sin que nadie haya hecho nada por ellos, salvo “investigaciones exhaustivas”, reportajes extractivos y visitas protocolarias post mortem.
Y como ellos, Toribío, Caldono, Argelia y El Tambo en el mismo departamento, que se disputan el cruel horror de ser los municipios más asediados por la violencia en la historia de nuestro país. Pero en otros departamentos, como Nariño, Huila, Caquetá, Arauca, Antioquia y Santander, también podrían levantar la mano para dar testimonio de ese círculo vicioso, como si la guerra fuera una semilla y ellos, el único surco de la tierra, parafraseando a Neruda.
Lo mismo podrían decir todos los ascendientes en La Mojana o Ciudad Bolívar a la hora de las inundaciones, en La Guajira o en Aguablanca a la hora de la sed y del hambre infanticidas, en las cárceles y otros centros de detención del país convertidos en antros de impunidad cuando no en escuelas registradas del crimen.
Solo por permitir esa recurrencia impune y vergonzosa deberían dimitir, hacerse a un lado, declararse impedidas autoridades locales, regionales y nacionales que, con el cuentico ese de problemas estructurales y prácticas históricas, se lavan las manos mientras cambian un comandante acá, cierran un contrato dudoso allá o dan hipócritamente palmaditas de pésame.
Se convencieron y, con su retórica barata, nos convencieron de que esos son territorios vedados, de que no hay nada que hacer, de que así somos. Han logrado hacernos perder la fe en los procesos de diálogo, los acercamientos, las amnistías, las reformas o los tales acuerdos, que aquí se han ensayado casi todos sin resultados duraderos.
Algo habría que hacer con esas guerras perdidas, pero, más que nada, algo habría que hacer con esos políticos derrotados, incapaces o, en algunos casos, cómplices, que saben dónde está el problema y quizás la forma de solucionarlo, pero no lo hacen. Sí, guerras perdidas.