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Son otras de las diferencias de la derecha de este país con las izquierdas, así en plural: mientras quienes pertenecen a la primera se aglutinan en el verbo, la acción y la estrategia, incluso esa de repetir mil veces una mentira hasta convertirla en realidad alternativa; las segundas, herederas de la arrogancia que les hace creer a cada una de sus facciones que son la verdad encarnada, se canibalizan generacionalmente por envidia, miopía o física incapacidad.
Por eso, la derecha, sobre todo la extrema, la que está acostumbrada a gobernar para sí misma, a defender lo que creyó que era suyo, se cohesiona ante la adversidad y se unifica en la única intención de mantener el poder, así por dentro destile el mismo odio que expele hacia afuera, combinando, vaya paradoja, todas las formas de lucha que nunca reconocen.
En cambio, esas izquierdas, sobre todo las extremas, nacidas para perder, embelesadas en el método, atomizadas en la discusión y frenadas para la acción, no tienen filtro en sus decires y actuares. Les falta calle, dicen quienes, desde todas las orillas, las condenan no por lo que hacen o dejan de hacer, sino por dejarse descubrir y, para colmo, encarnizarse entre ellos, escondidos tras el escudo del purismo, ese de la doble moral y el oportunismo.
Y debe ser porque en ambas extremas subsiste el mito de la refundación de la patria, con la otra diferencia de que en la derecha saben o dicen que saben esperar su turno, mientras que al otro lado los logros de los pares se cuentan como derrotas en la vanidad de quienes tienen todavía sueños mesiánicos o sufren de megalomanía.
Por eso los escándalos de una terminan en las tinieblas, fruto del corporativismo, el silenciamiento, la desinformación o la posverdad; y los escándalos de las otras terminan en conspiraciones, hecatombes y parálisis físicas y mentales, que pagan el resto de los mortales.
Esa es la historia que nos cuentan, con sus diferencias, los medios todos los días; unos privilegiados en la filtración de rumores, decires, versiones y señalamientos; y otros, increíblemente sumisos y conformes, repitiendo o reproduciendo como conejos comunicados, publicaciones en redes sociales o reacciones, como —y esa es la más sutil diferencia— si ese fuera un trabajo y no una condena.
